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lunes, 26 de febrero de 2018

Al final de la Fiesta.


Al final de la Fiesta.

A mis compañeros y compañeras


No sé cómo se llamaba la población, pero quedaba en La Florida, me acuerdo que no me daba miedo andar solo por esos lados, ni siquiera de noche. Hoy sí. Quizás tendrá que ver con dónde y cómo me crié, eso sumado a esa irresponsabilidad adolescente, esa tonta y linda manera de vivir como si fuésemos indestructibles. Sin miedos.

Un compañero había invitado a su fiesta de cumpleaños. Tenía algo de popular el cumpleañero.  Medio rebelde, bailaba rap en los recreos, hacia grafitis en su croquera en clases, una especie de galán winner del curso, simpático, buena tela, le iba bien con las minas, eso decía él, y los estudios no eran su fuerte, en eso le iba mal.  Quizás sea duro leer esto, pero es la pura y santa verdad, bajo nuestros estándares impuestos.  No era ninguna lumbrera, él lo sabía, todos lo sabíamos.  Bueno, pero ese no es el tema, eso daría para otro cuento completo y no me quiero desviar.  Lo que sí quería en este texto, es relatar el instante final de esa fiesta.  La pasamos bien antes del final. Supongo que bailamos, música fuerte, poca conversa, algunas miradas coquetas, harto humo, luces de colores, piscolas, cervezas, me imagino que mucho pito, yo no vi tanto, andaba en la mía, compartiendo con los compañeros.    El final de la fiesta tiene algo de belleza inexplicable, algo que recordé varias veces, pero solo pude darme cuenta ayer, a través de los ojos de mis compañeros, que no era cualquier recuerdo.  Pensé que yo era uno de los pocos, quizás el único que me acordaba del momento, había tomado lo típico, pero en la fiesta había estado bien, así que me acuerdo perfectamente lo que hice.  Me acuerdo de no haber dicho mucho, de haberme quedado tranquilo, disfrutando.  Quizás nunca seamos capaces de ver todo los detalles, porque varios de los que estuvimos en ese minuto, lo vivimos de manera distinta, pero sin embargo un recuerdo que perdura por veinte años o más y colectivo, no es algo menor.  Creo que estuve en varios instantes similares en otras fiestas.  Un espacio de sosiego al final de la fiesta, algo de cansancio, pero tranquilidad, paz y compañía. 

Esa noche nos quedamos dentro de la casa de la fiesta, guarecidos de lo que podía pasar afuera. Ya se había hecho tarde para salir de ahí, no había locomoción cerca y de todas formas era peligroso andar por ahí a esas horas. Parece que la población era peligrosa a toda hora, no sé qué tanto.  En fin, muchas escusas perfectas para quedarnos ahí, juntos y hasta enredados.  Algunos sentados en el piso, apoyados su espalda a la muralla. Otros, entre los brazos de otros. Apoyados quizás en otro compañero, hombro con hombro. Recostados, descansando  las cabezas en los muslos de uno o de otra, mirando el techo, o el horizonte oscuro y la luz apagada.  La música más baja. Ya no quedaban piscolas, ni cervezas, ni tampoco las ganas de seguir tomando. Al menos a mí, ya no.  Algunas risas, alegatos, quejas, hasta que todo queda en silencio, en complicidad, de esos pocos y mágicos momentos. De eso nos acordamos todos. Silencio. Quizás se podía escuchar el suave sonido de los besos y las risas en murmullos. 

A la distancia del tiempo, veo ahora esa sana y honesta inocencia, viviendo los mejores años quizás,  sin traiciones, nada de todos esos vicios que entregan: los años, las malas experiencias, los desaires, los egos, la academia, los divorcios, el trabajo, la oficina y tanto más.  Me acuerdo de ese silencio que quizás mostraba  el no saber mucho lo que hacíamos, pero que si nos gustaba lo que hacíamos, nos cuidábamos, nos queríamos, estábamos en la misma.

Quizás no nos podamos poner de acuerdo en tantas cosas ahora, porque estamos lleno de eso que deja la vida, arrastramos tantos lastres, dejamos que rencores inútiles que son como verdaderos gusanos mentales, nos cambien; transformen nuestras esencias.   Quizás en eso momentos no teníamos nada, pero teníamos lo que necesitábamos.  Necesito eso ahora, puede ser una necesidad adolescente, poco madura quizás.  Aquí se pueden reír,  pero ¿Cuánto de nosotros dejamos allá, al final de la fiesta?  No es nostalgia inútil esta vez.  Es solo atender lo importante, lo esencial y lo olvidado.  No somos una suerte de preciosas coincidencias, ni tampoco una mera selección natural azarosa de personas en un lugar cualquiera.  Todos queremos estar ahí, estuvimos ahí con lo que necesitábamos, sin más, al final de la fiesta.  Y cada cierto tiempo queremos volver a ese lugar común. Y los que queremos, volveremos cada vez.

06.04.2017


Piedra de mala bajada. parque Puquén. Los Molles




viernes, 1 de septiembre de 2017

Ser Joven

     En una manifestación sobre los detenidos desaparecidos veo a una niña joven de unos catorce años, pelo rojizo, camisa escocesa roja y negro pantalones rotos en las rodillas y una foto colgada en su pecho. La foto en blanco y negro es de un hombre joven, quizás unos veinte años; tez clara y pelo ondulado. La imagen esta plastificada y perforada por arriba donde pasa un gran alfiler de gancho metálico, desgastado y dorado opaco. La joven sonríe y habla con algunos otros jóvenes, mientras de fondo suena música andina.
    En la manifestación hay muchas personas y es en frente del Banco de Chile en pleno paseo ahumada de Santiago. Un escenario en frente, y rodean a la gente, largos lienzos que cuelgan entre los árboles. Lienzos con decena de caras impresas en cuadriculadas, sin nombre, dirección o algo que indique quienes son o quienes fueron. Solo lo acompañan, y también en negro, grandes signos de interrogación. ¿Dónde están?
   ¡Cuán jóvenes eran todos ellos! Más que yo a esta edad. ¿Cuántas cosas quisieron cumplir como yo? ¿Cuánto soñaron? ¿Cuántas madres, en edad de mi madre sufrieron y quedaron a la espera eterna de noticias o justicia? Y la pregunta dolorosa ¿Cuantos compañero scouts, cuantos amigos y amigas de organizaciones sociales más jóvenes que yo hubiesen desaparecido si esto ocurriera hoy? ¿Hubiese sido posible todo lo que hacen ellos hoy, en esos tiempos? Ellos creían en un mundo nuevo como yo creo ahora, estudiaban, discutían, trabajaban, no tenían formación paramilitar, no tenían educación como la de hoy, creían.

   Vuelvo a la joven, que ahora levanta el puño exigiendo justicia de la generación de sus abuelos, hace quizás 50 años. Esta niña-mujer joven consecuente con su historia, vive piensa y exige por aquellos jóvenes que no pudieron hacerlo en ese tiempo. Porque su vida fueron cortadas en plenitud. La extensión de ese terror alcanza más allá del tiempo y de las generaciones. Eso pasa cuando se matan los sueños de otro.



    ¿Dónde está nuestra juventud? Y no me refiero a los niños y niñas u hombres y mujeres de una cierta edad específica. Sino que, a donde está nuestra juventud, la de cada uno. Incluso si usted lee esto y tiene 90 años. "Ser joven y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica" decían en esos tiempos donde ellos, los jóvenes de las cuadrículas en blanco y negro, desaparecieron… o mejor dicho fueron secuestrados por agentes de un estado paranoico y brutal, asesino y cobarde.   


Ser joven y no ser revolucionario es también una contradicción Vio-lenta. Una contradicción sarcástica en nuestros tiempos, no válida para nuestros tiempos, donde llevamos la revolución por dentro. Ser jóven y no querer un mundo mejor es en chiste extraño, de humor negro, pero del malo. En fin, es una contradicción. Es una contradicción vivir y no ser joven, y aquellos que llevamos la revolución por dentro lo entendemos así, independiente de los años y generaciones. 

No podrán devastar nuestros sueños y alegría de juventud, ni aun así con los años.



01.09.2017

viernes, 30 de junio de 2017

Santa Ana Julio 2014

Todos los canales preocupados de un atentado a la iglesia de Santa Ana, seis camionetas con sus parabólicas apuntando sus microondas al cielo para informar del fuego. Mientras tanto, una pareja de indigentes comienza a tapar con plásticos sus cajas de cartón.  Esperarán la lluvia a un costado del imponente y vacío edificio, que sínicamente se hace la víctima y mira altanero haciéndose el sordo.


22.07.2014


miércoles, 28 de junio de 2017

Niños Zánganos

Cuando me dicen que los niños son zánganos, o minimizan la infancia a juegos y magia.

Pienso que no han escuchado la opinión de los niños y niña, es que no los han visto participar y luchar. No han visto las largas caminatas al colegio, los fríos de la mañana esperando el furgón, que los lleva a un colegio que muchas veces tampoco los escucha. Tampoco han visto a los niños que ayudan en la casa con sus hermanos, porque ambos padres trabajan. No han visto a niños que ayudan a sus padres en las labores de la casa, o en el mismo trabajo del campo, de la feria y tantos otros. No han visto, solo se ven ellos.

Ellos, los que han sido zánganos siempre, son los que efectivamente han tenido todo desde siempre, los privilegiados zánganos de siempre. Y que terminan viviendo en un mundo mágico de burbujas, y todo para ellos es un juego.

10.05

De Reojo


De reojo veo a una niña que lee. Lee Bonsái entre la multitud de Baquedano, esperando el metro. ¿Será línea roja o verde? Pienso y me acuerdo de Bonsái, de los cuadernos Colón, de Zambra, otros dos títulos de él. La niña es joven, quizás unos 25 años, usa sombrero gris tipo espía rusa, abrigo largo gris, creo. Me acuerdo de mi abrigo, que no lo he usado este año. La niña tiene pelo claro, nariz respingada. La edición de Bonsái es nueva, portada roja y un bonsái en negro en la portada. Me gusta esa edición. Pienso en escribir esto.

Yo intento leer poesía en la misma masa de personas. Mientras pienso en otra cosa que no recuerdo, leo en automático, se me queda una que otra frase solamente y me digo, no puedo seguir leyendo acá. Ni de esta forma. Ella si puede leer Bonsái, está por terminar el libro. Debe ser triste terminar esa novela en el metro aplastado. Me acuerdo de la película, y que debo terminar otros libros pendientes. Ella se da cuenta que la veo. Trato de no molestarla. Pienso en escribir.

Leo un corto poema sobre una chica punk que casi atropella a una chica normal. Lo leo más de una vez. La masa se mueve al próximo metro línea verde. No logro subir. En realidad, no hago el intento de subir.

Bonsái se lee rápido, demasiado rápido pienso. Debería volver a leerlo, pero tengo muchos libros pendientes, pero ese se lee rápido. Se va la joven rubia y gris con su Bonsái en las manos, en el tren corto línea roja. La masa de Baquedano se mueve otra vez, nos movemos. Pienso en escribir esto otra vez. Espero que ella no termine el libro aplastada.


De alguna forma se explica, me acuerdo, que hay que recortar todo lo que no sirva, y no explicar lo innecesario. Este texto casi no tendría razón de ser y diría: Una joven lee en el metro. O quizás no diría nada, de todas formas pienso en escribir esto, y en la necesidad de escribir.

viernes, 11 de marzo de 2016

Materia Momentanea

A esta edad, viejo ya, he logrado algún tipo de comunicación con estos pájaros, desde que ella se fue o mejor dicho desde que ella falleció, los pájaros se acercan más, perdieron el miedo, cuando los alimento se acercan, no sé si se acercan como los gatos solo mientras los alimente, o como los perros, que aunque no los alimente e incluso los agarre a gritos y patadas, se acurrucan tarde o temprano cerca mío, por un mísero cariño. Los pájaros, o al menos estos pájaros, tienen su mirada y expresión seria, como recta en el horizonte, sus ojos redondos brillantes pero vacíos, ni siquiera sé muy bien donde miran y parpadean altaneros inflando sus pechos. A veces me parecen esos milicos mirando el horizonte contestando un !Si señor!. Los pájaros perdieron el miedo o yo a estas alturas, no inspiro miedo. Creo, sin embargo, que traen un mensajes, me he descubierto hablándoles y ahora les escribo, quizás el mensaje sea acerca del final o del alma de los tiempos, me dicen que somos eternamente débiles mortales, que somos una ilusión desde los ojos redondos y vacíos de un pájaro, pero que de todas formas somos color y luz, habitando una materia momentánea.

jueves, 11 de febrero de 2016

Horóscopo

A la bajada, un hombre le lee el horóscopo a la niña que vende jugos y frutas a la entrada/salida del metro.  Ella sonríe con la mirada fija hacia al sur, pero sin mirar nada.  Su familia debe estar justo al otro lado, al norte, fuera de este país, pero ella sonríe, mientras el hombre tartamudea al hablar de pasión y amores, él acerca y aleja el diario de sus ojos enfocando con los brazos las letras. Libra.  

viernes, 5 de septiembre de 2014

Cartagena

Cartagena... playa grande, sol, arena gris con pedacitos de carbón y uno que otro hueso de pollo o palo de helado. Mis primos, mi hermano y yo estirados de guata sobre las toallas, yo tratando que la arena no me tocara los dedos para poder comer tranquilo, la marraqueta con jamonada y margarina que me había preparado la Mami, mi abuela. Del kiosko que estaba en la costanera salia un parlante, un cono gris chicharriento que tocaban a Soda Stereo y que se confundía con el cuchicheo del pueblo en vacaciones.

jueves, 27 de marzo de 2014

Curriculum

Vengo de padres obreros, mi madre costurera me hacia la ropa y mi padre los zapatos para ir al colegio en la básica.   Como mis padres trabajaban mis abuelas se turnaban y sin saber ni leer ni escribir, me mandaban a estudiar todo los días, hasta me ayudaban con las tareas.  El mismo pantalón todo el año.  El par de camisas que tenía, las lavaban todo los días y mis zapatos siempre bien lustrados, pobre pero nunca cochino, no hay que confundir decían ellas (las dos). Cazuela de Vacuno (mas hueso que carne) y el infaltable arroz con huevo y a estudiar se ha dicho.  

La profe Margarita me tiró varias veces las patillas por no llevar la cotona o por no hacer la tarea.  A los 11 años aprendí a irme en micro, con escarcha, lluvia o a pleno sol caminaba hasta la micro Recoleta Lira que me dejaba en frente del colegio.  Solo los primeros años me fui en furgón. 

En la media, dos de mis tíos, como padrinos, ayudaron con los gastos.  Uno pagaba mi mensualidad y el otro me daba para la micro y algo de comer (un berlín o galletas).  Mi madre ene se tiempo estaba sola, mi papá nos había dejado, y éramos cuatro los hermanos.  Elegí una carrera con futuro y que me gustaba, elegí bien, de eso no me quejo. Me fue bien.  Desde ahí que siento la obligación de devolver la mano.

Después de salir de 4to y un año en la milicia entré a estudiar Ingeniería.  Antes del CAE, antes de las montonera de becas, antes de todo, antes de las protestas, incluso antes de tener conciencia de donde estaba, el estado no me dio nada (quizás no lo merecía para algunos nunca fui ninguna lumbrera).  Yo mismo pagaba mi carrera porque a la vez trabajaba para una pequeña burguesa, vieja explotadora que nunca me valoró.  Fui el primero de mi familia en estudiar y todo eso, me iba bien, me eximí de muchos exámenes, buenas notas, no faltaba nunca, peleaba con las matemáticas pero ahí estaba, no me rendí. Finalmente no pude seguir, no por falta de talento ni de ganas, sino por falta de plata. Me negué a mi mismo endeudarme por años, tampoco tenía avales.  Quizás hablando me hubiese conseguido un aval pero me negué.   

Conozco a muchos como yo, decenas como yo, y deben existir cientos que no conozco.

No me gusta mencionar ciertas cosas porque no me gusta la discriminación, tampoco la discriminación positiva, no me gusta ninguna.  No me gusta la lástima, ni que me digan pobrecito, ni que digan nada.  Si están pensando en eso, tráguense sus lástimas y sus caridades, no las merezco y muchos como yo, tampoco.  No creo en la autocomplacencia, ni menos en la autocompación.  Tampoco soy ejemplo de nada ni de nadie.  

Crecí hasta los 13 años en el centro de la Legua Emergencia y todo esto viene al caso, para hablar de educación, pueblo y de población.  

Podré aprender de muchas cosas, me he preocupado de aprender más de lo que me han enseñado, podrán enseñarme de teorías y de ciencias, pero no me darán cátedra de Educación y Pueblo.  No se llenarán la boca conmigo. 

viernes, 10 de enero de 2014

-$$ FFAA ++$$$$ CONAF/ PASEO AHUMADO


Salgo del Metro por calle Puente, una veinteañera voz de mujer canta en la escalera “La Ciudad de la Furia”.  La Plaza de Armas está cercada, la están re-remodelando (por lo general queda peor que como estaba).  Los pintores (algunos bastante malos) están acorralados casi contra la Catedral a la que ya le cuelgan las malezas de las cornisas.  En la esquina de Ahumada, que hoy más que nunca le hace honor a su nombre,   un notero de Chilevisión le mide las tetas a una transeúnte que se ríe de nervios frente a la cámara.  Mas allá un evangélico muy bien vestido, y  también desplazado,  nos sermonea mientras veo que le corre una gota aceitosa desde la sien al cuello de la camisa.   Delante mío, un par de tipos empujan dos carros llenos de Cocacolas tibias y comentan sobre un espectacular cuerpo de mujer morena, en algo tiene razón.   Huele ahumado y el sol medio rojo, como día después de terremoto y tengo ganas de escribir.    

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El Richard


Sus ropas anchas y blancas casi reflectantes, desentonan en  una población gris y ocre oxidada como esta.  Sus marcas deportivas relucientes y siempre a la vista. Su papada afeitada, ni un bello se le asoma, si hasta parece un niño, pero sabemos que no lo es, mató por primera vez a los 15 y ahora ya tiene el doble, el doble de edad y el doble de muertos en su espalda, y el doble de peso.  Me da asco. 
Reluciendo, siempre  el estúpido peinado que mantiene yendo cada semana a la peluquería del Maricón Salvo, córto a los lados y atrás, rapado que se vea hasta la piel, y un centímetro más largo arriba en redondo, como una aureola, o como una sopaipa, dicen los cabros chicos.  Desde aquí puedo ver brillar el gel. 
Lleva siempre dos cadenas, cordones gruesos de oro y plata que le cuelgan del cuello y que desentonan con la pobreza del barrio, a todas luces lo delatan, pero la policía no se da cuenta de eso, ni siquiera les parece sospechoso cuando lo saludan por las noches. Tampoco sospechan que no trabaje y que aparezca en la tarde después de almuerzo a pararse un rato en la esquina, frente al carro policial. No sé quién de los dos es más estúpido. Me gusta el detalle ese, que en la cadena de oro, cuelgue el Cristo bendecido por el cura párroco en el bautizo de su hijo al cual le llamó Jesús, el Cristo que se mece en el bamboleo del pecho del idiota, como buscando protección, el Cristo brillando al sol. 
Allá viene, su mano izquierda en el bolsillo y la derecha fuera balanceándola, larga, tendida, como inerte, varios anillos le brillan en sus dedos gordos y limpios.  El cuello un poco torcido, quizás le pese el arete de brillantes falsos en el lóbulo de su oreja.  Y una leve, casi imperceptible, cojera,  que yo no podría decir de cual pies proviene o cual cadera.  Me produce repugnancia o más bien vergüenza ajena.
Viene a mi casa,  mi perro le hizo pedazos dos sacos de cemento y los viene a cobrar.  Al menos no le debemos droga.

***

Cuando estuvo cerca de mí, pude ver que bajo su blanca polera en la cintura del pantalón llevaba un arma, debe haber sido una pistola,  debe ser por eso que camina extraño, como cojeando, con sus patas de alicate casi como jinete del oeste, salido de una película gringa.  Debe molestarle la cuestioncita metida ahí, entre sus royos de piel y la entrepierna, quizás se les resbala de puro sudor la pistola entre los calzoncillos.   
Cuando hablaba no modulaba bien y no entendí mucho lo que dijo,  hice el esfuerzo, pero la verdad, la saliva blanca que se le acumulaba en las comisuras de su boca seca, me distraía.  Preguntó por mi mamá finalmente. Le dije que mi mamá no estaba. Preguntó a qué hora la podía ver.  Yo le dije que en la tarde, después de las siete, que ella trabajaba.  Eso último lo dije con cierto énfasis. No creo que el idiota lo notara.  Se despidió diciendo algo que no puedo escribir, no por autocensura, sino porque fue un sonido gutural, extrañísimo y no estoy exagerando.

***

Tengo catorce años, el no tiene idea que yo también tengo un arma y que ahora lo destrozaré con palabras.



miércoles, 9 de octubre de 2013

Escapada

Me rebelo ante la estupidez de tu pensar de ventana cerrada, de tu estupidez fascista, sin sentido, injustificada y burda. 
Escribiré en documentos escondidos todo lo que quiera, textos que jamás verás, y pensarás que has puesto un grillete, pero mi palabra vuela, mi palabra corre y mi palabra te enfrentará tarde o temprano.
Caerás por tu peso enorme del karma de tus palabras y el de tus acciones.  O caerás por mis acciones.
                Podré escribir mientras piensas en cómo manejarme, en cómo controlarme, entenderás mis palabras, pero no las leerás nunca, crearás que cerraste toda ventana, pero puedo salir de aquí cuando quiero y convertido en lo quiera, puedo salir tras la reja estúpida que pusiste, con mi mente y transportarme a lugares donde tu imaginación no alcanza.  Seguirás leyendo tu propias ideas de visión egocéntrica… yo aprenderé de ti. No serás un maestro ignorante, solo podrás ser un anti maestro, me enseñarás a como no actuar, a como no hacer las cosas, a como no entender a los demás, me enseñarás al egoísta y el valor de la generosidad.  Podré aprender de ti y hacer la escuela que necesitaba, la escuela negra del discurso vacío sin acción, de la acción en constante movimientos sin consecuencia, sin coordinación entre lo que se piensa, se dice y se hace.
Sacaré mi rabia y dejaré mi conciencia en la mesa, para que entierres los cuchillos que quieras e intentes clavar en mi alma tu palabra, que al no tener consistencia atravesara mi corazón acorazado, atravesará mis pulmones que respira ideas nuevas, que respira abierto al mundo.  No entenderé algo que no tiene sentido, lo ignoraré y podrás si quieres mutilar tu vida en construcciones vacías, pero mi mente, no moldearás.
Sé que te preguntas lo que escribo tan rápido, escuchas las teclas claramente.  No tienes idea.


(*Rescatado de archivos  del 2011, Terminado en Octubre 2013)

Amarrado

     Yo no tengo como explicar lo que veo, sé que estoy en un edificio alto cálculo un piso diez,  hay una ventana donde puedo calcular la altura por que veo un parque a la distancia, y alcanzo a ver un par de copas de árboles que parecieran grande por la distancia. Veo un edificio que en su azotea tiene una manga blanco y rojo, de esas que indican la dirección del viento, puede que exista un helipuerto allá arriba.  Estoy amarrado con cinta adhesiva a una silla con ruedas, ya probé varias veces gritando a ver si alguien me escuchaba, el edificio está en construcción y la ventana da al parecer hacia a cordillera.




* 29 Junio 2011, Santiago

viernes, 13 de septiembre de 2013

Te inventé un sueño

Una vez soñé, que tú dormías y que a su vez soñabas.  
–Si los sueños pueden convertirse en realidad, entonces con mayor razón las mentiras–.  Te decía yo, pero tú dormías y yo mientras escribía.
Yo te hablaba de la fragilidad del recuerdo de un sueño, en la mañana de un martes.  Tampoco creo que me escucharas, dormías.  

Tus ojos cerrados, tu boca apenas abierta, parecías exhalar una palabra un susurro en el aire imperceptible bello, un halo de verdad quizás.  Dormías y la llama de una vela jugaba con las sombras en tu rostro.  Yo hablaba en voz baja para ver si podía interferir en tus sueños, te decía cosas bonitas murmurando casi, una vez incluso sonreíste mientras yo decía algo, me pareció que escuchaste y me detuve no quería que despertaras. Al final del sueño, acaricié tu sien con mi pulgar, te sentí respirar y me dormí yo.  

jueves, 11 de julio de 2013

Madre Obrera

A mi madre obrera que no ha parado, que desde los 17 años anduvo de fábrica en fábrica, de taller en taller, que hoy se mete en el corazón de La Legua a atender a sus abuelitos, porque un día se convirtió en enfermera.   Sin más casco que su amor y la fe como chaleco antibalas… cruza las calles donde muchos nos se atreverían y le queda tiempo para hacer teatro y le queda tiempo para ser madre y le queda tiempo para ser abuela. Para todos ella tiene tiempo.

1 de Mayo 2013

jueves, 25 de octubre de 2012

No preguntes

                Ya, no preguntes más. No puedo contestar eso. Necesito que entiendas, que debo guardar silencio, por tu bien.  Ya te estoy arriesgando demasiado con el solo hecho de venir a verte. Me siento muy culpable.  Necesito que dejes de buscarme. No puedo estar tranquilo si tú me sigues buscando o averiguando donde estoy.  De verdad quiero que entiendas que te amo, pero no podemos estar juntos.  Quizás en unos años podamos salir y arrancar de aquí, pero por ahora no quiero estar cerca de ti, porque puede ser muy malo para todos.  Tú sabes lo que está pasando, está todo muy negro, muy oscuro.  Esta cuestión se va a poner peor.  Me arrepiento de haber hablado tanto, pero era por un estar mejor. Para que mi hijo estuviera mejor, tú sabes muy bien que todo lo hice por eso, nunca tuve ansias de poder ni nada, solo las situaciones me llevaron a eso.  Yo te amo a ti y a mi familia, siempre quise lo mejor para todos.    
                Estas mierdas traicioneras me cagaron y me van a seguir cagando hasta verme muerto.  Ellos tienen tanto miedo como yo, pero ellos tienen las armas.  Ellos por ahora están mejor organizados, ellos tienen jerarquías que respetar.  Nosotros no tenemos nada, un par de fusiles, una organización estúpida y paupérrima, todos apuntan para cualquier lado, todos se creen líderes y no respetan nada, no se puede organizar nada.  Con suerte organizarían una completada y terminarían peleando por quien lo hizo mejor.  Mas encima se les voló el pajarito. Creen que amenazando a la gente, se unirán a ellos.  Son una tropa de huevones, no tienen idea de lo más mínimo.  Quieren convencer al pueblo a culatazos y se supone que nosotros luchábamos contra eso.   Todo me da asco, me revuelve el estomago verle la cara a esos que hablaban tanto de la libertad y se llenaban la boca con la palabrita y hoy en día quiere que todos pensemos igual que ellos y pobre de aquel que no piensa igual que ellos, merece morir según ellos, le correrá tiros dicen otros.  Si claro “para sembrar, hay que arar”, pero se pasa el arao con cariño y con esperanza, pero bueno.  Ya está la cagá, intentaré hacer algo, pero creo que nada va a estar bien. No me busques. No preguntes.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Ahí

Si quieres llegar ahí.
Conviértete en espiral infinito de duda, para que crezcas lejos, donde estalla la idea, donde muere la certeza.
Vive en el equivocado  rumbo de los demás, pero siguiendo la aguja del final. Aún sabiendo que no hay tal, que no hay verdad, sabiendo que no llegarás a la idea, que todo será una construcción infinita hasta el último y leve respiro.
Sumérgete en el agua azul verde de las lenguas y las palabras y ahógate en la belleza de sus multicolores sonidos. Duerme allá, donde los pájaros cantan sus idiomas libres de preceptos.  
Se ceniza en los vientos muertos, que abatirán los árboles entre el frío roquerío del acantilado que es la vida y se aquella briza que descansará bajo la cascada, que es la esperanza.  

jueves, 30 de agosto de 2012

Tanques por la Mañana

                Ese día en la mañana, mi papá estaba con nosotros, yo estaba contento y algo extrañado, a esa hora mi padre debería estar trabajando, pero la puerta que daba a la calle estaba cerrada, encadenada por dentro, como nunca.  Poníamos una cadena por fuera, cuando salíamos, pero cuando estábamos dentro nunca estaba cerrado, nunca cerrábamos,  solo la puerta del jardín estaba cerrada con candado, pero ahora que me acuerdo, en esos años todavía no teníamos puerta en el jardín.     
                Se sentía ruido afuera, perros ladrando y vehículos. Algunos gritos se colaban por entre las murallas de tablas.  Mi padre tomaba desayuno en la mesa de la cocina con nosotros, él se había duchado hace poco, hacía frío y la taza de té humeaba en la cocina.   Todavía había olor a pan tostado en la cocina. 
-¿Qué pasa? - pregunté por lo que me acuerdo.
- Andan los milicos afuera -  me dijo mi madre - Tu papi no va a salir hoy.
                Solo me acuerdo de eso.  Siempre me acuerdo de eso.  No sé ni cuantos años tenía, pero  eran pocos.  No dijeron nada más o la verdad no me acuerdo de nada más.          
                Yo me acuerdo, que me imaginaba tanques y tanquetas en las calles.  Militares con las caras pintadas, me acuerdo en otras ocasiones haberles visto de esa forma, pero es vez no vi nada, solo me las imaginaba, quizás en realidad no pasaba nada, pero la puerta encadenada y la cara de mi padre me decía que si pasaba algo.  A ratos me imaginaba, quizás solo mesclo los recuerdos y no era mi imaginación, pero creo imaginar a varios sujetos que fusil en mano y brazalete verde en el brazo, con lentes oscuros saltaba de la parte de atrás de una camioneta roja,  rápido se metían a una de las casas  y se llevaban a un hombre, mientras su mujer gritaba desesperada y se llenaba de saliva su boca y sus ojos de lágrimas y daba formidables y roncos gritos que desgarraban su garganta. 
                No me acuerdo que yo sintiera miedo en esos años, tampoco me preguntaba mucho, ni tampoco le preguntaba a alguien nada, finalmente yo vivía mi infancia y mi inocencia, pero el recuerdo no se borró hasta esta fecha en la que escribo.               Lo escribo para contarlo, porque la verdad creo que estas imágenes no se borrarán.  Algún día quizás se terminen mesclando con imágenes vistas, imaginadas, contadas, pero no se borrarán.  Quizás ya están mezcladas.  
                Tengo poco recuerdo de mi padre, este es uno de los pocos, por eso tengo la certeza que es verdad.  Ahora que escribo, creo saber un poco más de lo que viví en esos tiempos.  Ahora creo saber.   
  

jueves, 23 de agosto de 2012

Septiembre 88

                Eran decenas de paracaídas que venían desde el cielo azul de septiembre, daban ganas de bajar del techo y correr hacia donde cayeran, pero al parecer siempre cae  mas lejos de lo que uno piensa, la avioneta bombardeaba el cielo con interesantes juguetes. 
                Yo estaba arriba del techo, en el cuarto de atrás, donde mi papá había tenido un taller de calzado. Al techo le faltaba varias planchas y me gustaba subir entre el empalizado a mirar los otros techos, me gustaba mirar las “Comi” de esas fechas, esperaba algún volantín cortado que pasara el hilo por mi techo.  Nunca pude encumbrar un volantín de forma decente, nunca tuve la paciencia.  El viento nunca fue mi aliado, bueno era más bien lo lerdo que podía ser yo para ese tipo de cosas. Porque me acuerdo que tampoco fui bueno para las bolitas, para el trompo, para la pelota, etc.  Me gustaba subir a lo que quedaba de techo e imaginariamente apostaba al mejor volantín según sus colores y esperaba que pasara la tarde. 
                Esa tarde una avioneta nos bombardeaba con pequeños paracaídas, quería correr para pillar uno, como corrían los niños por los techo por agarrar un volantín cortado.  Mi madre y las vecinas gritaban a los más pelusones, cabros claramente más choros que yo, que eran capaces de correr,  moviendo y quebrando algunos pizarreños que se lloverían en el siguiente invierno.  Y que le importaba bien poco lo que dijeran las viejas, sin ninguna culpa y cero conciencia, se morían burlescamente de risa después de sus pillerías.
                Los paracaídas volaban ahora lejos, caerían más allá del parque quizás, ya se habían quitado las ganas de correr.  Pero tenía la duda y tuve ganas de tener uno.
                A esa hora ya el sol se caía por entre los techos de la Emergencia, los volantines se elevaban siempre, casi siempre, hacia el noroeste y tenían que sortear los cables y árboles para llegar arriba. Costaban algunas monedas, pero agarrar uno que había sido cortado en batalla parecía ser más valioso.  Ahora si venía con hilo curado mejor aún.
                Ya había perdido la curiosidad por los paracaídas.  No me interesaba lo que traían, sino lo que decían.  Pero a esa altura en realidad ya no me interesaba nada.  Bajaría, pero ahora para ir a juntarme con mis amigos, a un par de cuadras de mí casa.

                Allá estaban ellos, mirando como los más grandes “curaban” hilo. Ya habían aporreado un tarro con un tubos fluorescente que habían molido y lo habían echado dentro, lo habían machacado hasta hacer polvo de vidrio.  El tarro retorcido, plano casi, no dejaba ver ninguna partícula de vidrio.  La cola caliente humeaba en una pequeña cacerola vieja y el dueño del hilo pasaba una punta atreves  de un corcho de garrafa.  Otro de los grandes, el “Sordo” Pato, intentaba sacar el vidrio molido desde la lata. 
                Algunos de mis amigos corrieron a las “pescas”, un “Pavo” de los grandes iba cortado y caería supuestamente en el callejón de Venecia aunque siempre pasaban de largo y terminaban en las industrias del callejón, pero igual entretenía correr quizás pescar el hilo.
                Ya de vuelta se volvieron a instalar a mirar el proceso de la “Cura”. Miraban mientras tiraban tallas y se burlaban de algo o de alguien, apoyado en la muralla, uno al lado del otro.    El ovillo de hilo estaba dentro de la olla, impregnándose de la cola, atrás venia otro de los grandes con el corcho sacando el exceso de pegamento y más atrás el dueño del hilo, llevaba en sus manos un cartón, con el vidrio molido.  Al hilo, con el pegamento le quedaban adheridas pequeñas partículas de vidrio, y lo enrollaban entre dos árboles a la distancia de unos buenos metros.  Varias vueltas se dieron entre los árboles, parando cada cierto tiempo, para ver los resultados, para arreglar el vidrio, para mirar la cola o el ovillo. Varias vueltas ante la atenta mirada de nosotros los más chicos.
               
                Un niño, más chico aún, jugaba con un volantín de plástico. Nunca fueron buenos los volantines de plástico, ni con mucho estampado, ni con muchos colores, los mejores eran de papel volantín y con buenos maderos.  El volantín decía “NO” y tenía un arcoíris  de colores, no lo pudieron elevar el niño y su padre, solo ganó unos metros desde el suelo, luego les ganó la paciencia.
                Desde el callejón venían los de Colchero, “Los Cochinos” les decíamos. Uno de ellos traía un paracaídas de esos que habían soltado desde la avioneta, uno de ellos venían jugando con el juguete, pasaron por el lado nuestro, no dijeron nada, eran menos esta vez.  Yo lo miré atentamente, el paracaídas decía con letras azules “Si” con una estrella como punto de la “i” y de él colgaba una bolsa de arena. 
                La campaña me  molestaba.   Me molestaba más, desde que mi madre había hecho tapar las consignas que mi hermano mayor había escrito en la muralla de nuestra pieza.  La había hecho tapar no sin antes sermonear a mi hermano. Retándolo y advirtiéndole que no podía escribir esas cosas en la casa. ¿Qué pasaría si entran los pacos a la casa, le preguntaba ella? Y mi hermano la miraba y no contestaba.
                Nos bombardearon con juguetes cuando éramos niños y queríamos jugar.  Esa tarde era septiembre, era once y nos entraríamos temprano.       

miércoles, 22 de agosto de 2012

Soldado

                Revienta tu luz, en la voz del eco, en tu cabeza,  levanta tu palabra hasta la caída del sol en el horizonte.  Caída que oscurece, estremece, cunde el hielo en la columna fría de tu espalda encorvada, helada del miedo negro.
                Hunde la palabra en la sangre que huele a mentiras, que dispara glóbulos de acero que hieren las piernas débiles de niños fuertes.   Húndela en la conciencia de tu violencia.
                Di la palabra y cava la tumba del que fuiste. Despierta la risa dormida en llanto. Todos es más claro de este lado. Ven y  di la palabra primero adentro. Di eso que revienta la coraza, de la falsa lucha. 
                Cuanto trabajo, cuanta guerra síquica, cuanta verdad necesitas para llenar por dentro, lo que ya está lleno. 
                La mentira de la historia que te contaron. La mentira de los métodos y procesos que creíste. Las palabras que no entiendes, que dicen otros que te llenan de huevos de sangre tus ideas propias.  Que llenan de mentiras miedos tus sueños.
                Suelta esa palabra que amarra, grita tu llanto apagado y despierta del sueño amargo.  Liberaremos las armas pájaros y letras.  Las balas del sol de un guitarra y la pólvora de una idea.                 
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