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viernes, 13 de septiembre de 2013

Te inventé un sueño

Una vez soñé, que tú dormías y que a su vez soñabas.  
–Si los sueños pueden convertirse en realidad, entonces con mayor razón las mentiras–.  Te decía yo, pero tú dormías y yo mientras escribía.
Yo te hablaba de la fragilidad del recuerdo de un sueño, en la mañana de un martes.  Tampoco creo que me escucharas, dormías.  

Tus ojos cerrados, tu boca apenas abierta, parecías exhalar una palabra un susurro en el aire imperceptible bello, un halo de verdad quizás.  Dormías y la llama de una vela jugaba con las sombras en tu rostro.  Yo hablaba en voz baja para ver si podía interferir en tus sueños, te decía cosas bonitas murmurando casi, una vez incluso sonreíste mientras yo decía algo, me pareció que escuchaste y me detuve no quería que despertaras. Al final del sueño, acaricié tu sien con mi pulgar, te sentí respirar y me dormí yo.  

miércoles, 8 de agosto de 2012

Quizás un verso.

                No sé como comenzar, decir una frase simple, inteligente, que describa lo que siento.
Quizás un verso.
                No sé.  Conocer la lucha de otros, hace que yo vea mi lucha más simple,  más sencilla, porque gracias a la lucha de ellos, lo mío es un poco más justo.  El desafío está en frente porque fácil sería mirar al suelo, pero siempre pongo el desafío en frente,  así me enseñaron.  Agradezco que mi lucha sea más justa a todos ellos.  Mi madre, mis abuelas, mis tíos, mis hermanos y por supuesto ahora mi compañera, su familia y principalmente mi hijo.  Todos ellos me han entregado fuerza para enfrentar cada paso.
                A todos ellos los invito desde siempre a que llenen mi espacio, los invito a todos a que celebren conmigo, acá dentro de mi corazón de madera, que llenen con luz los rincones de mi familia, que embellezcan con su presencia mi hogar. Invito a aquellos que no están en otra parte, solo aquí adentro y que tengo la única absoluta certeza de su felicidad por nuestro logro.  Que mantengo el recuerdo vivo y que no los olvido, a pesar del tiempo.        
                Que decir.
Quizás un verso.
Inmerso,
en lo más soñado
de mis vigilias.

Les ofrezco mis manos jóvenes,
que se cubran de arrugas,
de cicatrices viejas.
Si con ellas construyen,     
sus sueños.

Les ofrezco  mis ojos,
rojos y felices
si con ellos verán sus sueños
que son los míos.

Ofrezco mis palabras y 
quizás un verso.

Agosto 8, 2012

lunes, 9 de julio de 2012

Crepitar

A la soledad de Aquilino.

                Un tatuaje en su ante brazo izquierdo dibuja una gruesa sirena, cruzada por las venas amoratadas y la pequeña figura escondida, con los pezones al aire y su cola enroscada, mostraba los días que había estado preso. Su camisa amarilleada por el tiempo, arremangada en ambos brazos mostraba sus manos arrugadas de tanto esfuerzo.  Un cuello de un abrigo café y una barba cana larga descuidada, tapaba su cara hasta los pómulos.  Apenas dejaba ver sus ojos, el pelo que le caía en la frente.  Atrás de él su carretón de madera y rodamientos rechinaba contra el asfalto.  Un perro cabizbajo y otro altanero lo custodiaban a cada lado, escoltando su caminar lento y cansado.
                La tarde se enfriaba en Julio  en Santiago, una bruma fría, la contaminación y el color de la ciudad gris, conjugaba con los colores oxidados de las ropas de Aquilino, de sus perros escoltas,  su vehículo  y su carga que la componían, un par de forros de bicicletas usados, varias cajas de cartón, sucias botellas de cervezas y una muñeca calva  y sin ropa.   
                Llegó finalmente a su hogar, dejó el carretón afuera, los perros entraron primero ladraron y saltaron un poco. Aquilino entró tras ellos, metió la mano a una bolsa con mendrugos de pan que tenía colgada de un clavo alto casi a la entrada, les tiro algunos pedazos a los perros que de un par de tarascones, se los tragaron.  Un gato miraba todo con la indiferencia y el cinismo de los gatos. 
                El hombre, se sentó en el colchón de espuma que tenía por cama, tenía varias frazadas que hedían a tiempo y desganas.  Buscó con la mirada entre la infinidad de cosas que tenía acumulada. Entre las cajas de botellas, las pilas y torres de papeles y cartones, los sacos con juguetes plásticos que se confundían con basura.  Tapas, latas, cables, tanta cosa que había acumulado en estos años desde la muerte de Amanda, tantas cosas que le servirían en algún momento según el.  A sus ochenta años debía sobrevivir como fuera y dejar a sus hijos tranquilos, no quería nada de ellos. Nada de nada. No necesitaba ahora de su ayuda,  era autosuficiente, independiente.  Tampoco aguantaría ninguna humillación más de sus cinco hijos, que lo habían abandonado y que según él no lo entendieron nunca.   Menos todavía aceptaría plata de su hija, la traficante de droga que ahora lucía joyas en sus dedos y su cuello, pero que al mirarlo se le caía a pedazos la cara. Vergüenza.  El viernes iría a vender algunas cosas, los pedazos de vidrios y huesos primero, que era lo más pesado.  Total tenía para comer un par de días.

                –¿Dónde estará el carbón? – Pensaba y hablaba al mismo tiempo como una sola cosa – ¿Dónde lo abre guardado?  No me acuerdo. Si no, tiro los palos esos al fuego.  Primero las velas. ¡Augusto, Perro huevón mira la cagaita que te mandaste aquí! ¡Te voy a sacar la mierda! Si huevón escóndete no más. Hacete el huevón. ¿Vocrei que yo soy huevón?
                –Pucha no encuentro las velas, pero aquí está el carbón- pensaba ahora, mientras hurgueteaba entre toda su acumulación.  Se movía rápido para su edad, la vista le fallaba y veía más manchas que cosas y la tarde se oscurecía rápido, mostrando a duras penas los últimos pedazos de cielo naranjas del día.
               

                  Prendió una vela, que había encontrado entre los juguetes y la puso al centro de la mesa de fierro, helada como todo su hogar.  Movió las cenizas del brasero esparciéndolas bien con un pequeña palita que también había encontrado en sus interminables caminatas diarias buscando cosas que le servirían o que pudiera vender.  Tomó algunos trozos de carbón que ennegrecieron aún más sus manos y sus uñas, los acomodó dejando un poco de espacio entre ellos.  Arrugo un pedazo de diario y lo metió entremedio.  Prendió el papel con un encendedor que guardaba siempre en el bolsillo de su abrigo.  El carbón comenzó a humear. El trajo una pequeña banca de madera, arrancó de un caja un pedazo de cartón, lo estiró y le hecho aire al fuego.  Las chispas saltaron iluminando su rostro y sus manos, una llama azul y roja apareció entre el carbón. Él le echó otros pedazos de carbón y unos pequeños maderos.

               

                 Los perros ya se habían estirado encima de unos restos de ropa y un cartón, todo húmedo, solo el día anterior había llovido mucho y la onda polar la anuncian por la vieja radio a pila que ahora sonaba desde encima de la mesa de fierro y que Aquilino la guardaba como un verdadero tesoro.  La pequeña y casi inútil llama de la vela bailaba despacio mientras en la radio anunciaba ahora, que los precios de la bolsa de Santiago estaban en alza.  Aquilino, se había acostado en su colchón, solo se sacó los zapatos y se tapo con sus frazadas.  En su bolsillo todavía le quedaba la mitad de un pan envuelto en una servilleta, que una buena mujer le había entregado a la hora de once. Comió el pan y se durmió cansado mientras miraba las chispas y las llamas del fuego.
                El frio afuera escarchaba los pavimentos, mientras pequeñas gotas sonaban en las latas del techo, los perros enroscados parecían inertes y a ratos se perdían en entre los colores de cartón fierro y papel.  La habitación se llenaba de luz danzante que jugaba con las sombras y los sueños de Aquilino.  El fuego crepita y se llena la pieza de una infinidad de luciérnagas y de ilusiones.  Como pequeños insectos vivos las chispas atrapan papeles y el frio polar de esa noche, se vistió de llamas eternas que lo envolvieron suave y trágicamente a él, sus perros y sus cosas acumuladas, que fueron el combustible para que partiera a su última e interminable caminata.      
Fotografía: Daniel Mendez. Linares 2010

   

miércoles, 4 de abril de 2012

Espiral de Sueños


Muere el pez en un charco de lluvia y duermo
mientras la guitarra derrama notas como gotas
disueltas en colores celestes de cielos y nubes
como lágrimas llenas infinitas de amor y  dolor.

Gira el mundo y los peleadores van al ruedo
desfilan en un sinfín de ideas inútiles sin acción
mientras las cuerdas entonan la débil canción
de la muerte cabalgando, un jinete y su velo.

Gira otra vez y yo devuelvo,
la comida, la cena y  el almuerzo
las palabras de algún muerto
que me habla mientras duermo.

Gira y una piedra envuelta,
entre piel, venas y músculo
como el cáncer en un sueño
como la mosca en una flor.

Se detiene,
para de girar y yo despierto
sobresalto y espero calmo
que el latido detenga el trueno
y que la realidad siga en sueño.
4 Abril 2012

jueves, 24 de noviembre de 2011

Sueño y Poesía

El sueño y la poesía
conversan en una esquina

con palabras locas y redondas
con imágenes tristes y melancólicas.


La poesía habla de su semántica
y el sueño de su esperanza
comparten de dialéctica
y son similares en estética.


La poesía y el sueño
son hermanos
de sangre, de antaño
conversan sobre su madre
la vida
y sobre su padre
la muerte.



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