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martes, 20 de marzo de 2018

Rey de Espadas XII

     Un rosario de plástico blanco colgaba desde el espejo retrovisor, moviéndose agitado sin ritmo aparente, chocando a ratos contra el espejo.  El taxi doblaba la esquina, cortaba rápido el aire que entraba por la ventana y apagaba el silencio del callejón. Ellas le habían indicado al chofer que querían ir a la calle Departamental, a la discoteca  Klein Club.  Jessica no estaba contenta, ni de ánimos todavía.  Había logrado salir de la casa mintiendo y con plata que había robado sin miramientos, desde la billetera de su padre.  Solo ella lo sabía.  Su amiga intentaba darle ánimos con comentarios varios, sin mucho sentido y sin lograrlo.  Las dos jóvenes se juntarían con dos tipos un poco mayores que ellas, que comprarían algo de alcohol antes de entrar al lugar.  Pisco esperaban ellas.  Lo beberían en la calle a la vuelta del local, ya que, una vez adentro cualquier trago costaría el triple de caro.  Tampoco tenían dinero como para ir a algún bar o algo parecido y aunque tuvieran, preferiría aprovecharlo mejor, quizás comprando algo más. Muchos hacían lo mismo, nada nuevo, lo habían hecho decenas de veces antes.  Ellas, eran menores de edad, pero no les preocupaba, entrarían igual a la discoteque. Sus cuerpos maduros le darían la entrada ante la inspección del morboso portero.  Si entraban antes de las doce, lo harían gratis, los tipos mayores deberían pagar de todas formas.  Así el negocio funcionaba bien, se llenaba de “minas temprano, para que los buitres y jotes dejaran de dar vueltas, pagaran su entrada temprano y cuanto antes, se pondrían a consumir  en la barra.  Ellas no llevaban ninguna identificación, no les serviría de nada demostrar que eran menores, solo tenían unas pocas monedas que quedaban para la vuelta, solo si era necesario.  Solo Jessica llevaban un pequeño estuches de maquillaje y un par de chicles sueltos en el bolsillo.  Jessica era un poco mayor que su amiga e intentaba guiar toda la situación, pero su amiga se dejaba guiar solo cuando le convenía.  Los tipos invitaban lo que fuera con tal de ir acompañados, “los muy huevones y machistas” pensaban ellas, pagarían hasta el taxi de vuelta.  
Ellos esperarían toda la noche “salvarse” con alguna de ellas o con otra que les diera “la pasada”.  Ellos solo iban de caza, bien preparados  con sus perfumes baratos y sus peinados con gel, ropa de marcas ojalá bien visibles, que a muchas atraían. Una suerte de burdo estatus pensaba uno de ellos, que no lo decía siempre. Jessica, estaba pensativa esa noche y su amiga lo había notado, pero no había dicho nada, creía  adivinar y no quería pasar toda la noche de fiesta, convertida en pañuelo de lágrimas, así que no le tocaría el tema.  

   Jessica, estaba decidida a hacer algo para alejar a su ex esa noche, ella sabía que estaría en ese mismo lugar,  pensaba en besarse con algún cualquiera esa noche, frente a él para cortar de cuajo cualquier esperanza y posteriores molestias.  Estaba decidida y esta vez, no era el temor a engancharse más de la cuenta que había sentido en relaciones anteriores, era otra cosa, ella lo quería y le gustaba estar con él, no le daba miedo, ni él ni su relación.  Ya había terminado con el tipo, pero este no la había tomado en serio, insistió algunas veces más.  Al menos coquetearía con alguien es noche, pensaba.  Ella sabía que él, iría con algunos amigos y tenía que hacer algo, no quería que se le acercara.  Quería dejarle claro que ya no le interesaba más, que no quería verlo, ni siquiera sentir su mirada, si tenía que repetirlo varias veces, lo haría.  A ratos, sentía estúpido hacer todo eso. Mejor se habría quedado es su casa evitando todo, pero ya iba en camino, no era tiempo de arrepentirse.  Susana, su amiga, había insistido tanto que la acompañara.  
                
     La joven, veía su reflejo en el vidrio del taxi, se pensaba hermosa y triste esa noche, con esa belleza que da la tristeza a ratos. Arreglaba su pelo  sus ojos, mordía sus labios, quizás arreglándose el labial. Su amiga no adivinaba su intención y tampoco ella quería contarle nada, parecía un pacto no dicho.  Tú no preguntas nada, yo no diré nada.  

     Las cartas la tenían pensativa también y ella lo sabía.  A cada segundo se le venían a la mente las cartas y las palabras de la tarotista.  Se le revolvía el estomago cuando pensaba y asimilaba las cartas a su realidad.  Cuando pensaba en las coincidencias.  A veces, tenía la idea de estar sugestionada y trataba de bajarle importancia a sus ideas, pero desde la mañana que volvía ese pensamiento en un espiral interminable.  Tenía que seguir el consejo.  

     El taxi atravesaba calle tras calle, dejando atrás a decenas de muchachos que a esa hora buscaban vehículos para llegara a algún lugar donde divertirse, era noche de sábado.  Jessica seguía mirando por la ventana, alternando entre su reflejo y el afuera. Dejaron de importar un poco las cosas ahora, la noche era lo que era, ellas también.  

    Ambas pálidas y frías, con sus ojos un poco desorbitados, entraron después de beber dos petacas de pisco y después de fumar al menos una docena de cigarros.  Le habían ofrecido marihuana, pero no quisieron esta vez.  Los tipos eran revisados minuciosamente en la entrada, mientras ellas solo cruzaron la puerta, pasando frente al portero o guardia,  sin saludar siquiera.  Los destellos de las luces y el golpe del bajo de la música que casi explotaba más que sonar, rebotaba en sus ropas claras y de colores vivos. Les corría la emoción por entre sus venas, junto con él alcohol casi puro que habían bebido rápido y sin disfrutar.  Las luces de colores llenaban el lugar,  mostrando los humos de los cigarrillos y siluetas de rostros sumergidos en la oscuridad del lugar.  Cuerpos jóvenes con movimientos extraños danzaban en una trama de música, luz y oscuridad.  Ellas, trataban de lucir unos cigarros entre sus dedos para verse mayores.  Las chaquetas encargadas en la custodia para mostrar un poco más y captar la atención.  El cigarro les incomodaba, pero seguía entre sus dedos, manchado con lápiz labial de un matiz de rojo aceitoso. Mal prendidos humeaban el pelo largo, brillante y peinado de las adolescentes.  Caminando con movimientos casi sensuales, se sentían hermosas y a lo lejos y apoyadas por los destellos de flashes y figuras de colores, lograban el efecto de verse mayor, atrapando miradas que apenas podían adivinar.  Caminaron hasta la orilla de la pista, era temprano y se les notaba en sus sonrisas, en la postura de sus cuerpos, de sus manos y en su mirada, que el efecto del lugar había resultado. Su alegría había despertado. El alcohol en el cuerpo joven había despejado las tristes dudas de un principio.  Pareciera que el retumbar de la música ayuda también a no pensar. Jessica ahora se movía un poco más y sujetaba un pequeña cadena de oro, delgado casi imperceptible, con la imagen de una pequeña virgen, como si estuviese rezando balbuceaba las canciones en un falso inglés.  Parecía un intento de cambiar de preocupación, mientras fumaba torpemente y sin saber muy bien el por qué se sentía bien.  
                
     Los acompañantes miraban para todos lados, como si estuviesen buscando a alguien, como si fuesen a conocer a alguien, patéticamente no conocían a nadie, ni nadie los conocía a ellos. Ahora se dedicaban a tazar a otra minas que tan “buen lejos” tenían.  Era inútil conversar, nadie escuchaba nada, solo un par de palabras, mal hiladas, cortantes, solo por decir algo, casi obligados, por lo general tenían que repetir las palabras por el ruido y la sordera obligada, en un dialogo bordeando lo ridículo. Solo se acompañaban los cuatro mirándose y mirando a su alrededor.  Todo al principio parecía sin sentido, todo parecía al borde de la lógica.  Las ropas, los sonidos, los cigarros, el trago que se habían tomado, unas risotadas se escucharon desde lejos, desde el otro lado de la pista.

     Ya estaba a medio llenar la pista y comenzaban una música algo más movida y ya se sentía un poco de calor. Las jóvenes con sus pequeñas ropas mostraban sus ombligos perforados, los muchachos mostraban sus rostros serios a las señoritas que olían y miraban con sutil y adolescente obscenidad.  Después de un rato las dos bailaban a la orilla de la pista entre ellas, esperando que no viniera nadie a molestar.  Despejando las ideas sin saberlo, sintiendo las miradas y el cuchicheo cobarde, de algún par de muchachos que no se atrevían a invitarlas a bailar.  Jessica lleva un traje que muestra su silueta contra las luces y baila delicada, cuidando su pelo largo,  cada cierto tiempo toca se medallita de oro y la pone entre sus dientes.   Susana coquetea con uno de los acompañantes y en un momento se pierden y se esconden un poco más allá.  El otro acompañante fuma en un sillón mirando alrededor, mostrándose grande, bien parado, como esperando algo.  


     En eso, la música bajó de volumen despacio y se silenció casi por completo,  pestañaron las luces entre las pifias de los frustrados bailarines, que recién comenzaban.  Se prendieron las luces de emergencia, Jessica miró hacia la puerta donde había movimiento y se acercó a su amiga.  Los acompañantes se acercaron también.  Tres carabineros se pararon en la entrada, mirando a todos lados, Jessica y su amiga voltearon rápido sus caras hacia la pista. delatándose. Los acompañantes acobardados, se alejaron dando varios pasos atrás hasta que se sentaron en un sillón.   Por los parlantes se escuchó un pitido muy fuerte y unos golpes en los parlantes. Luego se escuchó un mensaje que decía que esperaban a Jessica Avendaño y que por favor se acercara rápidamente a la boletería.  La chica tomó con sus dedos su medalla de oro, se movió rápido sin soltar a su virgencita, no sabía mucho si tener susto o vergüenza, ya tenía otro trago en el cuerpo que la llevaron sin saber muy bien como a la puerta, su amiga caminó también, pero desde cierta distancia.      

***

      Desde la mañana ella había estado asustada, solo después de almuerzo se había estirado un rato en la cama y había dormido, era sábado. Había tenido las pruebas finales en el liceo, estaba a punto de repetir, ya había recibido todos los regaños de su vieja madre.
          Su miedo venia desde la conversación con la mamá de una amiga, una vieja tarotista que le habían leído las cartas,  que la había mirado fijamente a los ojos mientras le decía muy seriamente cosas fuertes.  Como que tendría pronto un hijo, que sería muy pronto mamá, pero que ella no quería y que no estaba preparada.  Le habían dicho que finalmente repetiría el año y que se convertiría en una persona con muchos problemas, sino hacia algo.  Eso la asustó de entrada, pero no tomó tan en serio las palabras, creyendo poco en las supuestas facultades de la señora.  Al principio parecía un extraño y severo sermón, un estúpido sermón que ella no quería recibir.  La tarotista dejó entrever que tendría problemas incluso con algo extraño, que ella no entendía muy bien, que ella no debería leerse las cartas.
                Esta carta me dice que hay sustancias extrañas en tu entorno. ¿Te drogas? le había preguntado.  A lo que la niña respondió -No- Enojada. Hay algo ilegal y esta carta dice que te alejes del dinero fácil.  Veo otra vez un niño, afectado por alguna sustancia extraña.

                En la tercera carta se había demorado en decir algo, se habían quedado pensando, miraban hacia el cielo.  Primero la tarotista, luego Jessica.  Se la puso sobre el paño rojo de terciopelo y la indicó con su dedo. El Rey de Espadas, le dijo.  Indicaba, según la señora más creíble ahora, que para poder ser feliz, ella debería hacer algo cruel con algunas personas que la rodeaba o que ella quisiera. 

                Si eres buena persona con él o ella –le decía la tarotista– te convertirás en una persona infeliz, si haces lo contrario él o ella se alejará y tú podrás ser feliz.  Tú debes decidir, quizás debas cortar toda esa  relación de raíz y puede que todo el daño desaparezca, mira bien a tu alrededor, hay personas que no tienen malas intenciones contigo, pero que el solo hecho de estar cerca de ti, te producirá daño.  Puede ser incluso alguien que te quiera mucho o que tú lo quieras mucho.  Siempre hay y habrá personas así, atraen el mal y están condenados a sufrir, a caer en la cárcel, una condena tras otra, a no tener familia o tener una familia hecha un desastre. A tener enfermedades feas. Condenados a tener un eterno mal espíritu, que los entierra en lo más profundo de los seres humanos.  Hay personas de este tipo que ni si quiera pueden elegir su destino o pueden construir su vida, porque si eligen, elegirán mal; porque si construyen, construyen mal;  esas personas están condenadas a la soledad final y a esas personas hay que dejarlas, porque esas personas deben existir, para pagar todas nuestras culpas.  Por muy cruel que suene, ellas son responsables de nuestra felicidad.     
                El rey es una persona sabia, pero el rey de espadas debe usar su espada, debe cortar todo lo malo, aunque a ratos no parece malo, a veces el rey se equivoca y puede cortar algo que no debía, las espadas son peligrosas, por eso debes ser sabia como el rey y cortar lo justo y lo necesario y cortarlo a tiempo.  Y las otras dos cartas me dicen que ya no tienes mucho tiempo para decidir.


***

                -Señorita necesito ver su carnet.
                -No lo tengo, se me quedo en la casa.
                -¿Y cómo entró aquí sin su carnet? ¿Cómo sale de su casa, a un lugar así sin carnet? Tendré que llevarla a su casa a buscarlo y después a la comisaría.
                -Pero ¿Porque a mí? ¿Qué hice yo?
                -¿Conoce usted a Rodrigo Fica?
                -No.
              -¿Está segura? ¿Usted es Jessica Avendaño cierto?
                -Si.
            -Piense bien lo que va a decir. Repito la pregunta. ¿Conoce usted a Rodrigo Fica?
                -No.
            - El dijo que se juntaría con usted, Jessica Avendaño, en esta discoteca. Por eso llegamos a usted.
               -No tengo idea quien es Rodrigo Fica, pero si usted se refiere al huevón ese que está en la patrulla, a ese solo lo conozco como el “Rolo” y vive cerca de mi casa. Pero, yo jamás vine a juntarme con él, de hecho yo estaba con una amiga allá adentro y no tenía idea si quiera, que él venía para acá.
           -Lo siento, pero además usted anda sin identificación, el portaba un arma y drogas. Y tienen una orden de aprensión inmediata.  La nombró con nombre y apellido, y dijo que se juntaría con usted, que usted es su pareja. Así que nos va tener que acompañar,  porque usted ya es parte de la investigación.
             -Pero, yo soy menor de edad ¿Cómo me va a llevar?
          -Usted no tiene cara ni cuerpo de ser menor de edad y no tiene ningún documento que lo acredite, así que lo siento mucho.  Además está en un lugar donde no pueden entrar menores de edad, entonces que hacía allá dentro usted.

                La tomó del brazo, ella se quiso resistir solo un poco y comenzó a balbucear, a lo que el policía apretó más fuerte su brazo y la metió en el radio patrulla, mientras pedía apoyo.  Su compañero se subía en el asiento de adelante a vigilar a la pareja.

                -Que me mirai huevón. Si yo no te conozco. – dijo la joven, con su medallita de oro entre sus dedos y sus ojos rojos.    
                -A ver. ¡Silencio!  Y tranquila, sino, la voy a tener que esposar señorita.
                -Vo’ estay condena’o a la mierda y yo no me voy a quemar por un huevón como tú.  ¿Por qué me nombraste? ¿Por qué dijiste mi nombre? Me dijeron que esto sería así. Me salió el Rey de Espadas…   
                -¡Cállese Señorita!



27.12.13
05.02.16
                

lunes, 9 de julio de 2012

Crepitar

A la soledad de Aquilino.

                Un tatuaje en su ante brazo izquierdo dibuja una gruesa sirena, cruzada por las venas amoratadas y la pequeña figura escondida, con los pezones al aire y su cola enroscada, mostraba los días que había estado preso. Su camisa amarilleada por el tiempo, arremangada en ambos brazos mostraba sus manos arrugadas de tanto esfuerzo.  Un cuello de un abrigo café y una barba cana larga descuidada, tapaba su cara hasta los pómulos.  Apenas dejaba ver sus ojos, el pelo que le caía en la frente.  Atrás de él su carretón de madera y rodamientos rechinaba contra el asfalto.  Un perro cabizbajo y otro altanero lo custodiaban a cada lado, escoltando su caminar lento y cansado.
                La tarde se enfriaba en Julio  en Santiago, una bruma fría, la contaminación y el color de la ciudad gris, conjugaba con los colores oxidados de las ropas de Aquilino, de sus perros escoltas,  su vehículo  y su carga que la componían, un par de forros de bicicletas usados, varias cajas de cartón, sucias botellas de cervezas y una muñeca calva  y sin ropa.   
                Llegó finalmente a su hogar, dejó el carretón afuera, los perros entraron primero ladraron y saltaron un poco. Aquilino entró tras ellos, metió la mano a una bolsa con mendrugos de pan que tenía colgada de un clavo alto casi a la entrada, les tiro algunos pedazos a los perros que de un par de tarascones, se los tragaron.  Un gato miraba todo con la indiferencia y el cinismo de los gatos. 
                El hombre, se sentó en el colchón de espuma que tenía por cama, tenía varias frazadas que hedían a tiempo y desganas.  Buscó con la mirada entre la infinidad de cosas que tenía acumulada. Entre las cajas de botellas, las pilas y torres de papeles y cartones, los sacos con juguetes plásticos que se confundían con basura.  Tapas, latas, cables, tanta cosa que había acumulado en estos años desde la muerte de Amanda, tantas cosas que le servirían en algún momento según el.  A sus ochenta años debía sobrevivir como fuera y dejar a sus hijos tranquilos, no quería nada de ellos. Nada de nada. No necesitaba ahora de su ayuda,  era autosuficiente, independiente.  Tampoco aguantaría ninguna humillación más de sus cinco hijos, que lo habían abandonado y que según él no lo entendieron nunca.   Menos todavía aceptaría plata de su hija, la traficante de droga que ahora lucía joyas en sus dedos y su cuello, pero que al mirarlo se le caía a pedazos la cara. Vergüenza.  El viernes iría a vender algunas cosas, los pedazos de vidrios y huesos primero, que era lo más pesado.  Total tenía para comer un par de días.

                –¿Dónde estará el carbón? – Pensaba y hablaba al mismo tiempo como una sola cosa – ¿Dónde lo abre guardado?  No me acuerdo. Si no, tiro los palos esos al fuego.  Primero las velas. ¡Augusto, Perro huevón mira la cagaita que te mandaste aquí! ¡Te voy a sacar la mierda! Si huevón escóndete no más. Hacete el huevón. ¿Vocrei que yo soy huevón?
                –Pucha no encuentro las velas, pero aquí está el carbón- pensaba ahora, mientras hurgueteaba entre toda su acumulación.  Se movía rápido para su edad, la vista le fallaba y veía más manchas que cosas y la tarde se oscurecía rápido, mostrando a duras penas los últimos pedazos de cielo naranjas del día.
               

                  Prendió una vela, que había encontrado entre los juguetes y la puso al centro de la mesa de fierro, helada como todo su hogar.  Movió las cenizas del brasero esparciéndolas bien con un pequeña palita que también había encontrado en sus interminables caminatas diarias buscando cosas que le servirían o que pudiera vender.  Tomó algunos trozos de carbón que ennegrecieron aún más sus manos y sus uñas, los acomodó dejando un poco de espacio entre ellos.  Arrugo un pedazo de diario y lo metió entremedio.  Prendió el papel con un encendedor que guardaba siempre en el bolsillo de su abrigo.  El carbón comenzó a humear. El trajo una pequeña banca de madera, arrancó de un caja un pedazo de cartón, lo estiró y le hecho aire al fuego.  Las chispas saltaron iluminando su rostro y sus manos, una llama azul y roja apareció entre el carbón. Él le echó otros pedazos de carbón y unos pequeños maderos.

               

                 Los perros ya se habían estirado encima de unos restos de ropa y un cartón, todo húmedo, solo el día anterior había llovido mucho y la onda polar la anuncian por la vieja radio a pila que ahora sonaba desde encima de la mesa de fierro y que Aquilino la guardaba como un verdadero tesoro.  La pequeña y casi inútil llama de la vela bailaba despacio mientras en la radio anunciaba ahora, que los precios de la bolsa de Santiago estaban en alza.  Aquilino, se había acostado en su colchón, solo se sacó los zapatos y se tapo con sus frazadas.  En su bolsillo todavía le quedaba la mitad de un pan envuelto en una servilleta, que una buena mujer le había entregado a la hora de once. Comió el pan y se durmió cansado mientras miraba las chispas y las llamas del fuego.
                El frio afuera escarchaba los pavimentos, mientras pequeñas gotas sonaban en las latas del techo, los perros enroscados parecían inertes y a ratos se perdían en entre los colores de cartón fierro y papel.  La habitación se llenaba de luz danzante que jugaba con las sombras y los sueños de Aquilino.  El fuego crepita y se llena la pieza de una infinidad de luciérnagas y de ilusiones.  Como pequeños insectos vivos las chispas atrapan papeles y el frio polar de esa noche, se vistió de llamas eternas que lo envolvieron suave y trágicamente a él, sus perros y sus cosas acumuladas, que fueron el combustible para que partiera a su última e interminable caminata.      
Fotografía: Daniel Mendez. Linares 2010

   

viernes, 16 de marzo de 2012

Josefina


A Julia por su cariño al contarme historias.


“Lleva la vida entre los huesos y la carne,
en la vena que cruza el cuerpo cansado
y que llega a la sien, tarde o temprano. 

Ha trabajado toda su buena vida, tu vida,
por verte libre y entre los árboles jugar,
reír  amar y ser amada”

Josefina

                Faltaban casi dos horas para que saliera el sol, hacia frio en esas fechas, mucho frio y caía una pequeña brizna afuera, una delgada neblina bajaba casi imperceptible.  La calle y todos los potreros estaban oscuros, allá las canchas llenas de posas de agua, reflejaban a penas, las luces tenues, entre amarillas y anaranjadas, que colgaban de los postes de madera,  parecían las luces de un puerto lejano. Había llovido durante la noche, el asfalto desgastado y carcomido estaba húmedo y oscuro.  No había muchos que se levantaran a esa hora.  Los perros callejeros, mojados, casi congelados, no le ladraron ese día.    
                El había ordenados rápido y hábilmente los diarios y los había metidos cada uno dentro de  una bolsa y luego todo juntos en la caja que estaba amarrada a la bicicleta.  Llevaba puesto, un chaleco grueso café tejido a mano, encima una chaqueta larga y oscura, un gorro de lana cruda y un par de guantes, se puso una amarrita en el pié derecho, para no pescarse el pantalón con la cadena. La bicicleta roja, fría y un poquito oxidada  estaba lista, era bicicleta de dama lo que le había costado varias burlas de sus amigos, “La Josefina” la había nombrado. 
Empujó suavemente la bicicleta, silenciosa hasta llegar a la calle.  Se subió y  pedaleó lento al principio.  Respiró profundo y sintió el aire frio de la mañana entrar por sus narices y llenar su pecho.  A veces en la soledad del pedaleo, parecía que le hablaba y le daba las gracias a su Josefina. En realidad le hablaba a ella para darse fuerza a él y pedalear varias horas y entregar el diario a tiempo, pare ir luego a su otro trabajo en la tarde y llegar bien a su casa. 
                Pedaleaba varias horas al día arriba de la Josefina, esquivando autos y tirando hábilmente los diarios a las casa, sin detenerse ni bajarse.        
***

                -¿Donde estará Carlos? – pensaba y lloraba hacia dentro sin lágrimas, que sus hijos no la vieran – ¿Dónde más puedo ir? No quiero pensar más tonteras, debe estar bien. Hay Señor tráelo luego, que llegue luego.- Miraba hacia un horizonte perdido, quizás pensando en algún  lugar desconocido.   
                - Victor – llamó a su hijo – ¿Porqué no vas a ver a tu tío a allá  al Pinar y van de nuevo a Providencia a buscar a tu papá? Debe estar por allá.- dijo ella con tristeza en la voz.
                El también estaba preocupado y triste.  Iría, pero cada vez se hacía difícil que las esperanzas no se disolvieran, ya habían ido a la morgue de algunos hospitales, a comisarias. Ya le habían preguntado a varios amigos, familiares cercanos y lejanos, consultado en los dos trabajos que tenia.  Lo habían ido a buscar  a muchos lugares sin ningún resultado. 
                 Había salido hace seis días en su bicicleta, en la mañana muy temprano, bien abrigado. A repartir el diario en el sector alto de la ciudad. Desde ese día no había llegado, desaparecido no había dado luces de ningún tipo, nadie sabía nada de él.  Algunos temían lo peor y en casa la desesperanza crecía.       


***

                -Buenas tardes, sabe ando buscando a un caballero, es mi papá, hace seis días se perdió, lo hemos buscado por todos lados, puede que haya sufrido algún accidente –
                -¿Cómo se llama su papá?- dijo la señora de la recepción.
                -Carlos Concha Navarrete- dijo Victor con voz clara. 
                -Espéreme voy a ver - dijo ella y comenzó a buscar en las carpetas encima del escritorio, se dio algunas vueltas, abrió un par de cajones, miró en el estante de más arriba, inclinándose.  Atendió a otra persona, mientras Victor esperaba.   Era la segunda vez que iba a ese lugar, la primera vez no lo habían tomado mucho en cuenta, quizás porque eran menos días o la simple voluntad de quién lo atendió esa vez, no fue la de ahora.  
                - Joven - dijo la recepcionista - No hay nadie con ese nombre aquí, pero revisando tenemos a una persona que no sabemos nada de él, está aquí como N.N. , sufrió un golpe fuerte en la cabeza, estuvo inconsciente y perdió un poco la memoria, está como confundido todavía, lo trajeron los carabineros hace casi una semana. Acompáñeme por acá – la señora comenzó a caminar con pasos cortos pero rápidos, hasta que llegó a un sala donde habían varios enfermos.  Victor caminaba un paso atrás por los laberintos de la clínica,  y cuando llegó a la habitación, le costó reconocerlo, pero al final vio a su padre durmiendo en la camilla.
                - Si, él es mi papa, pero ¿Que le pasó? -  dijo Victor acercándose rápidamente a un costado de la camilla, puso su mano en el hombro de su padre, sintió un alivio enorme.
                - No sabemos mucho – respondió la señora - carabineros lo trajo por que al parecer cayo de su bicicleta, lo encontraron tirado en el suelo inconsciente, aunque también lo podrían haber asaltado, la bicicleta quedó en la comisaría, quizás lo empujó algún vehículo, no se sabe que le pasó.  Lo que sí, tiene un golpe en la cabeza que le hizo perder la memoria, como le decía, por  eso nosotros todavía lo tenemos ingresado como N.N.  El no sabe muy bien donde vive, como se llama, quizás no lo reconozca a usted tampoco.


***

                -Aquí tenemos las bicicletas – dijo el cabo, apuntando con su mano abierta mostrando un montón de bicicletas arrumbadas, una a una,  apoyadas entre sí. Viejas desarmadas, con las ruedas chuecas y desinfladas, bicicletas de colores oxidados y entierrados.
                -Que hubo. Esa es la Josefina, esa no se me olvida. – dijo Carlos apuntando su bicicleta. 

Bicicleta en Curicó - 2011 

sábado, 25 de febrero de 2012

Ruidos


            Yo dormía en la misma pieza que mi hermano, pero en ese minuto no dormíamos. Era una mañana de verano muy calurosa, quizás las diez.  El todavía acostado, tocaba su guitarra que le habían regalado hace poco, esa guitarra hecha a mano en la cárcel, se supone que no sonaba muy bien, pero mi hermano le sacaba buenas sonidos y canciones. Cantaba bajito como tatareando. El ruido de un televisor IRT en blanco y negro, se mezclaba con sus canciones y una pelea de gatos en el techo hacía retumbar las latas.  Nuestra pieza, como caja acústica, amplificaba el sonido de los zinc chocando entre sí y los rugidos, chillidos de los animalejos allá arriba.  Hacía un calor intenso, más que lo tibio de las sábanas, yo creo que ya eran las once.  Yo dormitaba destapado,  escuchando la televisión y a mi hermano. 
            Un bullicio escuché afuera, abrí los ojos y me di vuelta como para escuchar mejor, me quedé viendo la televisión, pero con mis oídos atentos al ruido extraño. Nuestra madre se paseó por enfrente de nosotros con una escoba en sus manos, paso en un sentido barriendo y luego en el otro. Luego, limpió con un paño húmedo la tele, mientras yo todavía la veía. La bulla en la calle se seguía escuchando, nuestra casa no era muy grande y las paredes de tablas no eran buen aislante del ruido exterior, así que, podíamos escuchar sin mucho esfuerzo gente en la calle gritando, no sabía qué.  Por el eco que se producía en los pasajes, tampoco podíamos adivinar desde que calle provenía el ruido, si la de enfrente de nuestra casa, o la que daba hacia atrás.  Ese día, como todo domingo, debía estar instalada la feria en la avenida principal, así que el ruido podía venir de los vecinos con sus carros o carretones de manos, oxidados y chillones, arrastrándose por los pavimentos carcomidos del pasaje, o quizás los mismos pregones de la feria libre.  La verdad a mi me extrañaba ya el ruido, mi hermano seguía con su guitarra y la televisión daba aburrido programas culturales de día domingo.
            El ruido afuera, se hizo más grande y extraño, mientras estaba tratando de adivinar el origen del ruido, haciendo a un lado los otros sonidos,  mi madre volvió a entrar a la habitación. Bajo el volumen de la tele y dejó la mano en la perilla, le hiso un gesto a mi hermano para que silenciara su guitarra. El paró de golpe su instrumento y se quedó en silencio. El ruido que provenía de la calle  se escuchaba ahora más nítido.  Ella, mi madre,  escuchó atenta algunos segundos, se dirigió lento al patio dejando bajo el volumen. Yo y mi hermano nos miramos entre la semioscuridad de la pieza, se escucharon sonidos de tabla atrás en el patio, donde estaba ahora mi madre, y ahora sí, muy claros se podían escuchar varios gritos de mujeres desesperadas, no tenían nada que ver con el mundo de la feria, se escucharon dos tiros al aire, fuertes y secos, seguidos por un motor acelerando y  varios perros ladraban.  Yo estaba asustado y me tape todavía en mi cama calurosa.  Mi madre asomó la cabeza desde la puerta que daba al patio y nos dijo con un gesto que nos quedáramos ahí.  Unos segundos después entró a la pieza y le dijo a mi hermano que se acostara conmigo, mi hermano de un salto dejó su guitarra apoyada en la pared y se acostó a mi lado.  Un muchacho en calzoncillos entró apresurado a la pieza, alto como mi hermano mayor, me pareció reconocerlo, mi madre le ordenó - Acuéstate ahí- apuntando la cama de mi hermano, él se acostó, se tapó y no dijo nada, yo miré y tampoco dije nada, mi hermano tampoco.  Mi madre entró a la habitación otra vez, dio el volumen al televisor y tomó nuevamente la escoba. 
            Un instante después, mientras yo ya me había entusiasmado con los dibujos animados que daban en el televisor, mi hermano estaba inquieto, no sabía muy bien donde estaba mi madre, pero en eso minuto, vi pasar por frente de mi cama a dos tipos adultos uno vestía una chaqueta de cuero gastado, jeans, lentes oscuros, su pelo liso y peinado a un lado, llevaba un brazalete de verde fluorescente en el brazo, caminaba a paso normal sin apuro por enfrente de mi cama, algo llevaba en la mano que escondía y no lo conocía, no lo había visto nunca. Atrás, el otro sujeto, venía algo mas apurado, no alcancé a ver los detalles en él. Su rostros eran serios, parcos y solo miraba hacia el frente.
            Después de unos minutos entró otra vez mi madre a la habitación y dijo- Ya negrito, váyase para su casa-. En ese minuto lo terminé de reconocer como un vecino de la calle de atrás, de la edad de mi hermano, unos quince años.  De seguro yo sabía leer mejor que él, no era un muchacho de escuelas, su vida era la calle, yo no pregunté nada en ese momento.
            Después que se fue, haciendo sonar otra vez las tablas del patio de atrás, sonaron una vez más las planchas de zinc del techo, esta vez eran pasos apresurados, unos segundos después reventaron el silencio otros dos tiros al aire.  Mi madre se sentó un instante en la cama, respiró profundo paso su mano por el frente y luego por la nuca, mi hermano volvió a su cama, ya no tomó la guitarra en esa mañana y yo me levanté.

lunes, 26 de diciembre de 2011

El Carro en el Tunel (Recuperado)

Se apagó la luz rápido en medio del túnel, el tren freno rápido pero sin brusquedad, mientras se detenía se prendían parpadeantes y tenues las luces de emergencia.   Los frenos se quejaron por última vez con un sonido agudo, que rebotaba en el túnel.  Cuando finalmente el carro se detuvo, se sintió un murmullo generalizado, que solo denotaba inconformismo y una preocupación entre dientes, solo gente que iba acompañado comentó con más confianza, pero de todas formas eran contadas las palabras completas que se podían escuchar.
La soledad de toda esa gente apretada, buscaba un comentario en el otro que a su vez espera al otro, que dijera algo.  Las personas miraban hacia afuera, pero el reflejo impedía el horizonte, rebotando en contactos visuales con los otros, los cuales, no estaban seguros si los miraban, de todas formas si alguno de ellos, unos u otros sospechaban de un contacto visual, giraban su vista buscando un espacio vacío de ojos, un espacio solo y así poder volver a su soledad de aglomerado, prefieren la publicidad del carro, el cielo, el túnel o mejor aun el piso y sus zapatos.
Una muchacha de ojos claros, soplaba su pelo como para enfriar sus nervios, secaba el sudor de sus manos en los pantalones, para luego apretar fuerte un par de libros grandes contra su pecho.  Una señora con cuatro bolsas plásticas, llena de paquetes abultados, jugaba con sus collares plásticos y se movía tensa y cíclicamente molestando a un escolar que ponía caras de asco y miraba por la ventana hacia el reflejo o la nada, cansado y con cara triste.  Entre los hombros y los cabellos, un hombre secaba sus transpiradas sienes, acomodaba  una y otra vez el cuello de su camisa y el nudo de su corbata violeta, sin atreverse a sacarla de una vez y a ponerla en su bolsillo. Fueron los únicos que me miraron por menos de un  segundo. El calor se hizo más intenso, no funcionaba el aire acondicionado o si funcionaba estaba sobrepasado de gente, las pequeñas ventanas redondas solo se podían abrir un poco, me imagino que por seguridad.   
En el silencio del murmullo, se escucha un pitido agudo, que rebotó en el túnel. Una voz suave y seca transmitió por los viejos carros del tren– “Estimados pasajeros: la detención inesperada se debió a un corte general de la energía eléctrica en las líneas, estamos restableciendo la energía, para continuar cuanto antes con el viaje”  - otro pitido cerró el mecánico monólogo.  Otras dos o tres palabras se escucharon entre los dientes de los murmuradores pasajeros. Todos volvieron a sus pequeñas rutinas, que ya habían establecido en el ínfimo  lugar.  El calor se hacía más intenso y la muchacha de ojos claros, ahora respiraba con dificultad, mientras seguía soplando su pelo que le cubría un poco sus ojos.
 Pasaron dos minutos que es mucho tiempo, en este cuadro.  Uno joven subió la música de su reproductor, y el sonido salió más allá de sus oídos, mientras golpeaba el pasamano con las yemas de sus dedos y con la otra mano golpeaba su muslo, en un ritmo frenético y a destiempo, cerraba los ojos y movía su cabeza, el nos hacía desaparecer a todos. 
El pasamano del centro del carro, estaba lleno de manos que evitaban tocarse entre ellas, manos sudorosas de señoras acaloradas,  manos de hombres sin anillos, ni reloj, llena de pequeñas cicatrices oscuras, manos de escolares con pulseras de cueros, hilos, nudos y nombres.  
Un sonido de motor se encendió, otro murmullo más comprimido contra los dientes,  el aire acondicionado daba un respiro y esperanza de avanzar luego, yo saque mi cuaderno mientras las luces se prendían y subían la luminosidad celeste y crema.  Deje de mirar y sacudí un poco mi mente, pensé en llegar luego a casa y el tren comenzó a andar mientras un suspiro muy suave casi imperceptible se sintió de los pasajeros, tome mi lápiz y mientras escuchaba el aviso de la conductora  - “Próxima estación Baquedano, lugar de combinación con Línea 1“ – yo  escribía mientras el carro se metía en la estación.


"A casa

Decenas de pares de ojos oscuros,
glaseados de esperanza de llegar a casa
desfilan repetidos tras las ventanas redondas
de celestes violáceos y luces blancas.
Mi reflejo en el espejo, del túnel oscuro
me recuerda el trabajo pendiente en mi casa
el beso que me espera de entrada
y mi almohada de sueños cocida, descansa."

Santiago, 3 de Marzo 2011


viernes, 9 de diciembre de 2011

Renuncia

Buenos días. Quisiera hablar un minutito con usted. ¿Se Puede? Bueno en realidad tiene que ser ahora. No, no puedo esperar. Mira, yo les he dado cinco años a ustedes y tú no puedes darme cinco minutos. Bueno porque me aburrí de tratarlo de usted. También me aburrí de sus abusos, groseros y su trato ordinario.  Ya no se trata de plata, ni de mejores condiciones ¡Se trata de usted! ¡Pero déjeme hablar a mí! No le voy a aguantar otro maltrato. ¡Ni uno más! Ves lo que te digo.  Es desagradable tratar contigo y tenerte como jefe. ¡Renuncio! Huevón.        
Taza en la muralla. Av.La Paz (Recoleta Santiago) 17.12.2011

sábado, 3 de diciembre de 2011

La Fiesta



“…¡ay cuerpo, quien fuera eternamente cuerpo!,…”
Gonzalo Rojas

En la fiesta, lúcido y sobrio, veía  una cabeza ocupada de florero, decorada con ribetes dorados, puesta al centro de una mesa, llena de aceitunas, quesos, caviar y cuanta otra cosa ensartadas en palitos.  Sobre un mantel blanco, limpio, pulcro, sin ninguna mancha y otro negro, manchado de pinturas rojas, adornado con flores funestas, da lo mismo la verdad. Era una cabeza cortada por el cuello, sin cuerpo aparente.  Una cabeza cortada, pero que no sangra, pálida, de canas, arrugas y lentes de carmín. Con la lengua afuera, cansada de tanto hablar, de tanto de decir. Una cabeza llena de pajaritos, mariposas y egos muertos.  Su lengua morada saliva y mancha los platos y las cucharas. Sus ojos están caído entreabiertos  como queriendo mirar más, pero los pájaros que lo inundan le nublan su vista por dentro.  Parece esperar algo la cabeza, parece  esperar que la miren, parece que le gusta que la miren.  El pelo cano cae entre los quesitos y las salsas de colores.
 Los demás en la fiesta comen quesitos, aceitunitas, sonríen, se miran obscenamente los unos y los otros, que no sangran, que no ven.  Se miran se tocan las manos, se felicitan, se idolatran los unos a los otros y a la cabeza también. A cada rato la miran, hacen como que no la ven, sonríen, sacan un queso con saliva de la lengua muerta, comen un canapé con un pelo cano y siguen sonriendo, y se miran obscenamente.
Algunos siguen ocupando su cuerpo para que su cabeza se desplace, para que su cabeza se llene con un lenguaje corporal pedante, altanero, con estilos diversos, pero siempre altos, con ropas distintas, pero iguales.  Con la voz ajustada para la ocasión, buscando palabras en su memoria diccionaria.  Algunos callan. La mayoría calla porque en realidad no dicen nada.   
A ratos el mundo de la literatura o más bien el de la intelectualidad sublimada, a lo máximo a casi lo único, aburre.  Aburre en lo profundo.  Así que sobrio y lúcido trato de ver las cosas de otra forma más entretenida, no pretendo justificar la burla y mofas. Veo a ese hombre así y al resto como lo describo.  Solo una entre ellos, se ve distinta, se ve clara, yo la miro obscenamente, ella me mira creo que de la misma forma, me acerco a una aceituna y la cabeza de florero se levanta tosco, tenía algo de cuerpo ahora, se podía adivinar que no lo ocupaba hace mucho. Saco la aceituna tomándola del palito, tomo un poco de champaña amargo, mientras miro a ella, la distinta. Ella me ve. Ahora ella sabe que la veo. Ella se esconde, se pierde tras una cortina. Tomo otro trago de champaña, preferiría un poco de vino pienso.


 
Ahora la cabeza se dirige a dar su discurso de lengua muerta, yo la seguiré a ella la distinta. 


Diciembre 2011

Recoveco. Psje. Sta. Filomena (Independencia Santiago)  17.12.2011

miércoles, 13 de julio de 2011

Viejo Perro

Al mirar a la esquina esa tarde, vi gente que miraba hacia “Toro de Zambrano”, yo llevaba dos marraquetas dentro de una bolsa plástica bajo mi brazo, un cuarto de comida para ti y mi humor de día sábado de primavera en mis patas de gallos y mis juanetes. Iba a tomar once a la casa, tú eras el único que estaba invitado.
A veces pienso que estoy un poco loco al hablar contigo y más todavía escribir como que hablo contigo, esquizofrénico dijo el doctor la semana pasada.  Ni si quiera sé, qué trata esa enfermedad, pero entre la hipertensión, la diabetes y la artrosis y a esta altura, me da lo mismo lo que diga el matasanos, al final de algo hay que morir.
Bueno como te contaba, miraba hacia la esquina y de repente, a lo lejos escuché tambores y trompetas y en eso mismo, una patota de cabros chicos corrió doblando la esquina, tú  saliste detrás con  tus amigos y corrías por la calle rápido y como asustado, yo intenté apurarme, pero como siempre entre más me apuraba, parecía que menos avanzaba. Me llegó a dar calor mi apuro, lo que me recordó que ya no es tiempo de tanto chaleco grueso y el hueso de mi cadera derecha me recordó también mis setenta y dos años.        
Llegue a la esquina y mire allá hacia el semáforo y vi un lienzo escrito con letras rojas, anunciando la ruidosa alegría de esta época.  Esa época linda cuando los árboles se cubren de hojas y gorriones y el sol entibia el suelo y un poco también los ánimos, pareciera que todos andan de mejor humor, todo huele a aromos y acacias en flor. Te has dado cuenta en el aroma que se respira en esos días. ¿Será en todos lados igual?, yo de patiperro como tú en todos mis viajes, no he sentido ese olor en otro lugar, parecido pero no igual, bueno quizás la edad le da esa habilidad a uno.
Cientos de personas avanzaban lentito por “Estrella Polar” hacia mí, yo me quedé en la esquina y te grité un par de veces más, pero tú ni siquiera te diste vuelta. Y ya en la esquina comenzaron a pasar frente a mi, varias jóvenes con celestes y pequeñas faldas llenas de vuelos blancos que se movían al mover sus caderas y sus piernas tersas y brillantes, se movían con gracia bailando, aplanando el pavimento mojado y manchado de pintura blanca. Las palomas volaban arrancando del entramado de cables y ramas de árboles desordenadas, arrancaban del retumbar de vientos de bronces y bombos. Sonaba un pito y yo lo buscaba en las bocas de los bailarines y luego, miraba los cascabeles en las botas de los caporales, pisan fuerte el suelo, a mi me dolieron las caderas solo mirarlos. Y tú te me perdiste, perro de porquería, ¿Dónde te habías metido?
Que preciosas eran las sonrisas de las muchachas que me miraban a los ojos y yo me sonrojaba por dentro. ¿Las vistes tú?
Después de los bailarines, venían los músicos, todos de blanco y sombrero negro.  En mi vida no le había puesto tanta atención a como sonaba la tuba, ahora estaba a dos metros y pucha que es importante ese instrumento.  Me hubiese gustado haber aprendido a tocar alguna de esas cosas. Yo estaba metido en las teclas de las trompetas y la tuba y en eso, unos ojos preciosos tras un antifaz rojo con plumas, escarcha y lentejuelas plateadas, me miraban alegremente. Me encanta cuando los ojos sonríen. Luego un muchacho joven giraba una matraca y me sonreía también.  Puse mi bastón bajo el brazo y me puse a aplaudir ¡Mierda!  Trataba de seguir el ritmo con las palmas, pero es difícil con esos ritmos tan rápidos.  Tú sabes que yo escucho tango, los partidos y la “Cooperativa”.  Que vas a saber tú.    
Otra patota de niños paso por al lado mío, tenían todos cara de juguete y su sonrisa era extraña, yo creo que ellos no se daban ni cuenta de su felicidad, a mi me hacia feliz verlos así, con sus caras pintadas.
 ¿Escuchaste los tambores? En un momento sentí que mi corazón le seguía el ritmo   y que marcaba el paso de la  fila interminable de esas bellezas. Había poleras que llevaban marcadas palabras y frases muy sentidas, letras que denuncian las injusticias de siempre.  Yo creo que podemos decir, que aún así, con todas esas injusticias colgando del cuello, aun así con todo lo que nos han hechos, con todas las cagas que se han mandado, todos los políticos, empresarios y todo aquellos que nos han comido un poquito de pulmón. Aun, con todo eso, somos felices y ¿sabes por qué? viejo perro.  Por qué queremos y tenemos tiempo o nos damos el tiempo para hacerlo.  La felicidad perrito lindo, muchas veces es una decisión que hay que tomar.  Y cuando no se tiene tiempo, no se puede ser feliz.  Esos señores pueden tener poder y dinero, pero muchos de ellos no tiene tiempo para disfrutar, porque están ocupados de obtener más poder y dinero.
 Ver a los niños y sus rostros pintados de colores vivos, parecen reflejar en la lentejuela de sus ojos, la razón de todo este movimiento.  Me acordé de mis tiempos con eso, de todas mis marchas y los zapatos que gasté, y la rabia y todas las chuchadas que grité al viento.
Me decidí a escribir y a contarte esto, me siento acompañado ahora, papel y lápiz necesito y que tú me escuches. Viste huevón, si estoy loco.  Me acordé de mis tiempos, donde me las daba de escritor y creíamos con mis amigos que podíamos cambiar el mundo.  Fueron buenos tiempos.  Mis recuerdos son con cariño y no con pena, ni menos decepción. Porque, en ese minuto cuando sonaba la zampoña y un chinchinero giraba entre la gente que sonreía y aplaudía, cuando los gritos de los tinkus y sus trajes de hilos y lanas tejidas con paciencia de pueblo ancestral bailaban agachaditos. En eso se me cayó una lágrima por dentro de la garganta y me di cuenta que en algo cambié el mundo.  En realidad, cambié mi mundo, porqué se lo entregué a los demás. Cambié mi mundo interior, porque me siento feliz de haber hecho lo que hice, de haber marchado por lo que marché, de haber estado en las tomas que estuve.  De entregar lo que entregué, y que mi mano derecha no haya sabido y no sepa, lo que hizo la izquierda.
Cuando escuchaba al hombre que con un megáfono gritaba versos que rebotaban en el ladrillo, me acordé de los poemas y libros que quemé por miedo, en los tiempos oscuros, me pregunto qué hubiese pasado si hubiese mostrado todo lo que escribía clandestinamente, pero ahora escribo y no tengo nada que perder,  mi mundo ya cambió, mis hijos están mayores y tienen sus propios hijos, ellos deberán cambiar el mundo de nuevo. Ahora disfrutare un rato el placer de escribir los recuerdos para que alguien más los lea, me aprovecharé del placer de contar historias y  esperaré escribiendo el otro carnaval y tú mi amigo ¿Me acompañarás? ¿Al menos un ladrido? ¿Tienes ganas de cambiar el mundo o de escuchar las viejas historias de un viejo como yo? ¿Qué pasa viejo perro?


lunes, 16 de mayo de 2011

Incrédula

Camila me dijo que no podía ir a mi casa, porque tendría que pasar por la cocina y  ya eran más de las seis y estaba ocupada, nadie podía pasar.  Yo extrañada le pregunté ¿Y quién es tan importante, que no podemos pasar?  Los duendes me dijo, apuntando con su dedo a la cerradura.  Yo incrédula sonriéndome en la cara de ella, miré por la cerradura y no me creerás pero, vi a uno encima de una mesa, medía unos treinta centímetros y estaba atravesando con un clavo oxidado a otro duende más pequeño y que chillaba muy agudo mientras sangraba verde. Después ambos miraron hacia la puerta, como sabiendo que yo estaba ahí y sentí que se reían de mí.  Se aceleró mi respiración y sentí que la sangre subió a mi cabeza, mis manos temblaban, no me podía mover.  Iba a gritar pero, Camila me tapo la boca, por que según ella los duendes se enojaban si nos sorprendían espiándolos, no pregunté nada más, solo quería salir de allí. Discúlpame, nunca ante creí esas historias que contabas.

jueves, 28 de abril de 2011

La Vieja Escuela

-Buenos días, como está usted don Máximo, ¿En qué piensa hoy? – Saludaba  el cartero, soltando preguntas al voleo, con una sonrisa sincera, mientras frenaba su bicicleta, frente a la puerta del jardín de la casa de Don Máximo.
-En la historia pienso hoy.  ¿De verdad quiere escuchar lo que piensa un viejo como yo? – dice don Máximo el cartero sonrió.  
-Pienso que la historia no la hacen los grandes próceres militares estimados amigo, la historia no la hacen las grandes batallas, porque siempre la escriben los que ganan y uno nunca sabe la verdad finalmente. En esta casa si hay historias, aquí nosotros, bueno en especial mis padres hicieron historia, nadie la escribirá, pero nosotros hemos hecho historia. – dijo el viejo parándose y abrochándose los botones de su abrigo y acercándose hacia la puerta del jardín.
-Para hablar del árbol hay que conocer sus grietas más profundas, dicen – agregó el cartero mientras se bajaba ágilmente de su bicicletas de pista que tenía en adelante una caja de cartón repleta de sobres separados en paquetes y amarrados con tiras de gomas elásticas, sujetándolos firmes a la caja y la caja a la bicicleta.
-Claro mi amigo, yo me crié en colegio católico, donde nos enseñaban harta historia se cantaba el himno nacional todo los lunes y debíamos ir con el pelo corto, que se vieran las orejas y el cuello de la camisa, decían las viejas de la escuela.   “Señoritas”, les decíamos nosotros aunque tuvieran todos los años encima y tracaladas de nietos a la espalda, nosotros las llamábamos con un “señorita” y su nombre de pila.   El uniforme, debía ser perfecto.  Mi madre me dijo siempre, pobre muy pobre, pero con los zapatos bien lustrados. Que buenos años fueron eso de todas formas – Decía don Máximo mirando a la caja de sobres mientras el cartera hurgueteaba buscando alguno para él.  
-¿En esos años se cantaba la parte del himno, de los valientes soldados…o no? – preguntó el cartero.
- Si y debo confesar que yo cantaba la canción orgulloso y fuerte, y después de viejo me enteré de algunas palabras que nunca conocí.  De la palabra “sostén”, me imaginaba otra cosa y de “lidiar” no sabía nada, mucho rato después entendí la parte esa “o el asilo contra la opresión”, antes cantaba todo junto y no tenía idea lo que cantaba, un buen rato me pregunté qué significaba “oelasilo”. Y nadie me lo dijo finalmente.  Los profesores enseñaban que teníamos que cantarla fuerte y sentir el pecho inflado y cantar con el son de una marcha militar, pero nunca enseñaron el significado de algunas palabras. - Hablaba fuerte don Máximo que no hablaba mucho en las sus tardes eternas, solo le gustaba mirar a la gente pasar sentado en su silla de madera a un costado de la puerta de su casa. Pero, cuando se encontraba con alguien que quería escuchar, él aprovechaba el tiempo.  El cartero con los sobres, ya en una  manos y en la otra su bicicleta, lo escuchaba con una sonrisa suave en los ojos, como recordando algo, él siempre escuchaba a don Máximo con respeto, siempre ponía atención a lo que decía. Dejaba caer de vez en cuando una frase, una que otra palabra, solo para agrandar sus dichos, para complementarlos, nunca lo contradecía, es que siempre tenía algo de razón pensaba él y lo que menos quería era discutir con él viejo, ni si quiera se lo imaginaba discutiendo.         
- Celebrábamos todas las victorias militares y las derrotas también, el día lunes en el colegio, era el día del acto cívico, todas las semanas estaba a cargo de un curso diferente, el calendario estaba plagado de efemérides. Todavía me acuerdo de algunas. El natalicio de Bernardo O’Higgins en Agosto, el 27 de Abril el día del Carabinero, el día de la fuerza aérea, la batalla de Maipú el 5 de Abril, etcétera. Ni hablar del 21 de Mayo que hasta el himno delos marinos nos aprendíamos de memoria, Incluso me acuerdo que para el día de la fuerza aérea tiramos aviones de papel desde el segundo piso del colegio.  Para nosotros no era más que un juego, una nota o punto extra en alguna prueba. – Recordaba el viejo mientras le estiraba la mano al cartero para recibir sus cartas.
- Si pues, solo un juego, yo nunca participe de esos actos, me daba vergüenza – dijo el cartero.
- Esas fecha mi amigo, no importan nada ahora, deberían importarle a los familiares de esa gente, a mí lo que importa ahora, es cuando nació ese cabro chico que va a allá corriendo, que es mi nieto y se me confunde hasta el nombre, no sé si es el Ismael o el Andrés.- dijo don Máximo buscando algo en sus bolsillos con una mano mientras apuntaba con la tras a su nieto que corría tras delante de un volantín.  - Yo antes era bueno para las fechas, ahora ya se me confunden todas – No sé si tiene ocho  o nueve años, tengo seis hijos y nueve nietos y esas fechas se me confunden. ¿Cuánto le debo?- dijo el viejo mirando los tres sobres que había recibido.
-¿Lo que sea su voluntad?  - dijo el cartero como mirando a un pájaro o algo en otro lugar.
- Mi voluntad es grande, pero la pensión es chica.  Tiene que ponerle un precio a su trabajo mi amigo - dijo don Máximo sacando trescientos pesos de su bolsillo y dejándoselos como escondidos en las manos del cartero, este no contó las monedas solo se las llevó al bolsillo.  
-Me levanté durante años a las cinco para repartir  el diario,  aunque después supe que mentía con descaro. Otros años me levantaba a las cuatro, para comprar pescado y luego venderlo en la feria y subíamos los precios en semana santa. Hice decenas de zapatos de cuero y suela, hasta que los chinos nos reventaron con sus plásticos y sus precios de huevos. Fume y me tome un sueldo una vez. Me hubiese gustado ser minero y admiré siempre a la gente de campo, al agricultor. Y sabe que mi amigo, lo haría setenta veces siete, setenta veces siete repetiría lo que hecho mi amigo, con tal de ver a estos cabros chicos jugar aquí. – dijo don Máximo, hablando como si fuera un secreto entre los dos.
- Yo también lo haría – dijo el cartero mostrándole una sonrisa.
El cartero monto su bicicleta flaca y de un amarillo oxidado gastado. Y se fue, despidiéndose con una mano, mientras con la otra manejaba su oficina ambulante. Tenía que repartir muchas más cuentas y unas pocas cartas y buscar más historias en los otros pasajes.

jueves, 31 de marzo de 2011

El Carro en el Tunel


Se apagó la luz rápido en medio del túnel, el tren freno rápidamente pero sin brusquedad, mientras se detenía se prendían parpadeantes y tenues las luces de emergencia.   Los frenos se quejaron por última vez con un sonido agudo, que rebotaba en el túnel.  Cuando finalmente el carro se detuvo, se sintió un murmullo generalizado, que solo denotaba inconformismo y una preocupación entre dientes, solo gente que iba acompañado comentó con más confianza, pero de todas formas eran contadas las palabras completas que se podían escuchar.
La soledad de toda esa gente apretada, buscaba un comentario en el otro que a su vez espera al otro, que dijera algo.  Las personas miraban hacia afuera, pero el reflejo impedía el horizonte, rebotando en contactos visuales con los otros, los cuales, no estaban seguros si los miraban, de todas formas si alguno de ellos, unos u otros sospechaban de un contacto visual, giraban rápidamente su vista buscando un espacio vacío de ojos, un espacio solo y así poder volver a su soledad de aglomerado, prefieren la publicidad del carro, el cielo, el túnel o mejor aun el piso y sus zapatos.
Una muchacha de ojos claros, soplaba su pelo como para enfriar sus nervios, secaba el sudor de sus manos en los pantalones, para luego apretar fuerte un par de libros grandes contra su pecho.  Una señora con cuatro bolsas plásticas, llena de paquetes abultados, jugaba con sus collares plásticos y se movía tensa y cíclicamente molestando a un escolar que ponía caras de asco y miraba por la ventana hacia el reflejo o la nada, cansado y con cara triste.  Entre los hombros y los cabellos, un hombre secaba sus transpiradas sienes, acomodaba  repetidamente el cuello de su camisa y el nudo de su corbata violeta, sin atreverse a sacarla de una vez y a ponerla en su bolsillo. Fueron los únicos que me miraron por menos de un  segundo. El calor se hizo más intenso, no funcionaba el aire acondicionado o si funcionaba estaba sobrepasado de gente, las pequeñas ventanas redondas solo se podían abrir un poco, me imagino que por seguridad.   
En el silencio del murmullo, se escucha un pitido agudo, que rebotó en el túnel. Una voz suave y seca transmitió por los viejos carros del tren– “Estimados pasajeros: la detención inesperada se debió a un corte general de la energía eléctrica en las líneas, estamos restableciendo la energía, para continuar cuanto antes con el viaje”  - otro pitido cerró el mecánico monólogo.  Otras dos o tres palabras se escucharon entre los dientes de los murmuradores pasajeros. Todos volvieron a sus pequeñas rutinas, que ya habían establecido en el ínfimo  lugar.  El calor se hacía más intenso y la muchacha de ojos claros, ahora respiraba con dificultad, mientras seguía soplando su pelo que le cubría un poco sus ojos.
 Pasaron dos minutos que definitivamente es mucho tiempo, en este cuadro.  Uno joven subió la música de su reproductor, y el sonido salió más allá de sus oídos, mientras golpeaba el pasamano con las yemas de sus dedos y con la otra mano golpeaba su muslo, en un ritmo frenético y a destiempo, cerraba los ojos y movía su cabeza, el nos hacía desaparecer a todos. 
El pasamano del centro del carro, estaba lleno de manos que evitaban tocarse entre ellas, manos sudorosas de señoras acaloradas,  manos de hombres sin anillos, ni reloj, llena de pequeñas cicatrices oscuras, manos de escolares con pulseras de cueros, hilos, nudos y nombres.  
Un sonido de motor se encendió, otro murmullo más comprimido contra los dientes,  el aire acondicionado daba un respiro y esperanza de avanzar luego, yo saque mi cuaderno mientras las luces se prendían y subían la luminosidad celeste y crema.  Deje de mirar y sacudí un poco mi mente, pensé en llegar luego a casa y el tren comenzó a andar mientras un suspiro muy suave casi imperceptible se sintió de los pasajeros, tome mi lápiz y mientras escuchaba el aviso de la conductora  - “Próxima estación Baquedano, lugar de combinación con Línea 1“ – yo  escribía mientras el carro se metía en la estación.


"A casa

Decenas de pares de ojos oscuros,
glaseados de esperanza de llegar a casa
desfilan repetidos tras las ventanas redondas
de celestes violáceos y luces blancas.
Mi reflejo en el espejo, del túnel oscuro
me recuerda el trabajo pendiente en mi casa
el beso que me espera de entrada
y mi almohada de sueños cocida, descansa."

Santiago, 3 de Marzo 2011


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