miércoles, 28 de junio de 2017

Cinco Haitianos

Cinco haitianos, exageradamente abrigados, según yo, limpian el callejón de Alarcón. Con la cordillera preciosa nevada de fondo, ríen cantan y tiran la talla en su lengua, que todavía no sé como se llama. Pensé en saludarlos, en felicitarlos por su trabajo, que parecía lo hacían bien y con un sonrisa blanquísima en la cara. Pensé, no me atreví.

Ellos dejaron su patria por venir a construir otra, que jamás, porque los conozco, se lo agradecerán lo suficiente.

"Los pobres no tienen patria"
Los Muertos de Cristo

12.05

18.05


Un cielo de cien barcos
con sus velas desplegadas
arrastradas tironeadas
Por los vientos estrellándose
en los mástiles
Y en las puntas pájaros anidando
en círculos perfectos de hojas secas
Escarlatas vigilantes aguardando
Grises mojados pacientes.

Sopa de Quinoa

Sopa de quinoa bajo un cobertizo de madera y hojas de selva.  Un vietnamita o similar sorbeteaba la sopa sonoramente, diciendo -lico lico -cada vez que levantaba la cabeza y nos miraba alegre. Una mariposa azul gigante cruzó volando delante de la mesa.

La felicidad tiene mil maneras hijo mio.


18.05

La tos

Cuando la tos no me deja, me acuerdo de la formación de retreta en Cohyaique, cuando por orden del sargento Caballero en posición firme, no se podía toser. No podíamos, por que según él, lo estábamos "pichuleando". Él no quería escuchar a nadie toser. La picazón de garganta era terrible, como un montoncito de hormigas sueltas en la garganta. Más de alguno intentaba toser para adentro, y de a poquitos, que no se escuchara, mientras el viento helado de la pampa austral partía las orejas y luchábamos con que no se cayeran los mocos, manchando la coipa. Permanecer quieto, bien parado, fusil terciado, servía como ejercicio para el mimetismo también, habían explicado. Las rodillas temblando de nosotros los flacuchentos morteristas, aguantando. Y me acuerdo de los pelaos de Antuco.


2.06.17

De Reojo


De reojo veo a una niña que lee. Lee Bonsái entre la multitud de Baquedano, esperando el metro. ¿Será línea roja o verde? Pienso y me acuerdo de Bonsái, de los cuadernos Colón, de Zambra, otros dos títulos de él. La niña es joven, quizás unos 25 años, usa sombrero gris tipo espía rusa, abrigo largo gris, creo. Me acuerdo de mi abrigo, que no lo he usado este año. La niña tiene pelo claro, nariz respingada. La edición de Bonsái es nueva, portada roja y un bonsái en negro en la portada. Me gusta esa edición. Pienso en escribir esto.

Yo intento leer poesía en la misma masa de personas. Mientras pienso en otra cosa que no recuerdo, leo en automático, se me queda una que otra frase solamente y me digo, no puedo seguir leyendo acá. Ni de esta forma. Ella si puede leer Bonsái, está por terminar el libro. Debe ser triste terminar esa novela en el metro aplastado. Me acuerdo de la película, y que debo terminar otros libros pendientes. Ella se da cuenta que la veo. Trato de no molestarla. Pienso en escribir.

Leo un corto poema sobre una chica punk que casi atropella a una chica normal. Lo leo más de una vez. La masa se mueve al próximo metro línea verde. No logro subir. En realidad, no hago el intento de subir.

Bonsái se lee rápido, demasiado rápido pienso. Debería volver a leerlo, pero tengo muchos libros pendientes, pero ese se lee rápido. Se va la joven rubia y gris con su Bonsái en las manos, en el tren corto línea roja. La masa de Baquedano se mueve otra vez, nos movemos. Pienso en escribir esto otra vez. Espero que ella no termine el libro aplastada.


De alguna forma se explica, me acuerdo, que hay que recortar todo lo que no sirva, y no explicar lo innecesario. Este texto casi no tendría razón de ser y diría: Una joven lee en el metro. O quizás no diría nada, de todas formas pienso en escribir esto, y en la necesidad de escribir.

jueves, 9 de marzo de 2017

MADE IN KOREA

Miles de toneladas de rocas explotadas, desmembradas de la roca madre, arrancadas de los intestinos redoblados de las minas,  extraídos de las profundidades del oscuro túnel.   Transportadas por gigantes atlantes hacia los lugares más alejados del mundo, dejando una estela negra de combustibles oscuros y hediondos, en un largo camino de ida.  Explotadas luego las materias primas, con sudores mal pagados, en otros continentes, en otros idiomas, alargadas las materias como cables, aplastadas como placas, en todos los tamaños y formas.  Materias primas finitas, recursos naturales no renovables, metales preciados, todos ahora productos de alto estándar con valor agregado.  Pagaron impuestos en 6 países distintos,  algunas coimas en las aduanas, en dólares, euros o pesos.   Sumaron los costos de internación más de una vez.  Agregaron seguros de viaje, a las mercaderías, a los transportes y a las personas.  Pagaron timbres, estampillas, intereses, reajustes, boletas, facturas, papelerías y basureros.   Ingresaron fichas electrónicas en sofisticados aplicaciones o software.   Se tranzaron en los mercados. 
   
Los productos terminados fueron embalados, forrados en plásticos derivados del petróleo, envueltos en cajas creadas con cartones,  derivadas de la tala indiscriminada de bosques nativos, que hoy ya son plantaciones industriales. Transportado de vueltas a Chile por aire, mar y tierra, ensuciando con otra estela de desperdicio y explotación.  Los productos terminados: rocas con metal,  convertidas ahora en pequeñas piezas, de computadores, televisores, cables, cargadores, piezas de vehículos, electrodomésticos, maquinaria industrial, tecnología de punta, herramientas de última generación, recuerdos turísticos, entre otros.




***



Una pantalla vieja de computador es arrojado a la basura,  junto a las frutas podridas de la feria del domingo. Ahí pareciera esconderse el aparato, en medio de una torre de cajas de cartón, pasa desapercibida porque está amarillenta, desgastada, es muy ancha para las modernas pantallas planas de hoy, es muy aparatosa, muy grande pero su cristal pequeño de 12 pulgadas aprox.  Debe ser MADE IN KOREA.
  


     Un delgado hombre joven que busca en la basura, la encuentra y la patea. Luego la toma con sus dos manos por sobre su cabeza, y la lanza fuerte contra el pavimento, mojado de líquidos extraños. Saltan algunos pedazos de vidrio, plástico, líquidos y fruta podrida, se abre un poco la pantalla. Patea con sus zapatillas rotas, con rabia, con energía. No le importa que la gente lo mire con mala cara, que los perros le ladren asustados. No quiere pasar desapercibido, no le interesa el ruido, ni el que él produce, ni el otro. Ahora toma un palo, con sus dos manos y le pega con fuerza a la pantalla tres veces. Le pega en las partes plásticas para abrirlas, la acomoda para encontrar su parte débil y darle otro par de golpes. Consigue abrirla un poco y le mete en medio el palo, para hacer palanca. La abre retorciendo el plástico, apretándose los dedos. Saca de su mochila un alicate y tironea los cables de cobre, patea y apalea un par de veces más, saca más cobre. Le darán algunos pesos por el metal. Dinero que él transformará en algún cigarro o un pito de marihuana, o en una marraqueta con jamonada, que para este caso da lo mismo.

Lago TitiCaca - Puno-Perú . 2017

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